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martes, 8 de septiembre de 2026

LA TORMENTA PERFECTA O EL ARTE DE TENER UN RÍO SIN PUERTO

La tormenta perfecta. Puerto de Barrancabermeja No. 1

No hubo tiempo ni tristeza. Simplemente partió, tal como desaparecen las cometas de agosto cuando la tormenta avanza sobre el puerto. Hoy, desde esta esquina oscura y sedienta, observamos los restos de una sociedad a punto de colapsar. Vimos cómo las promesas de civilización se ahogaban en el río, mientras quienes intentaron salvarlas terminaron asesinados o despojados de su mirada. Tal vez nos perdimos tantas veces que hoy es imposible saber si nos volveremos a reconocer como humanidad.

Parece una obviedad, pero para nuestra clase política el redescubrimiento intelectual es este: lo único que funciona es la guerra. La que sigue asesinando niños en Gaza, Irán, Líbano o África, y que amenaza con extenderse por el planeta. Y mientras el mundo arde, aquí nos preparamos para nuestra propia "tormenta perfecta".

El maquillaje del cataclismo


Como bien decía en un texto anterior (Barrancabermeja: entre los imaginarios fragmentados y las alucinaciones del silencio, febrero de 2024), esta ciudad construyó su identidad a pura ficción: la promesa petrolera, la nostalgia del tren y el río Magdalena que se mira de reojo, más como cortina de fondo para selfies que como una arteria viva.

Cuenta el mito oficial —esa construcción ingeniosa que Roland Barthes habría disfrutado desmenuzar entre trago y trago de tinto barato en cualquier quiosco de Barrancabermeja— que la "tormenta perfecta" es una fatalidad imprevista. Una fuerza casi divina que le impide a la burocracia del Distrito entregar la obra prometida. El relámpago que hiere la noche sobre el río no cae sobre una obra en progreso, sino sobre la escenografía de una promesa. La tempestad no destruye la modernidad; le sirve de excusa para explicar por qué este puerto sigue siendo un simulacro.

La tormenta perfecta. Puerto de Barrancabermeja No. 2

Barthes, Canclini y el barrizal


En esta orilla, la "hibridación" de Néstor García Canclini adquiere un tinte desopilante. La postal no muestra la victoria de la ingeniería, sino el cruce surrealista entre la tecnología extractiva y la subsistencia artesanal. Bajo el resplandor de los truenos, aparece la convivencia desigual del siglo XXI: planchones anclados junto a chalupas desvencijadas, y grúas que parecen jirafas mecánicas durmiendo a la intemperie. La modernidad no llegó a quedarse y la tradición no terminó de irse; se mezclaron en un barrizal donde la única fuerza capaz de mover el entorno no es la inversión pública, sino la corriente de un río que se ríe de nosotros.

Jacques Rancière le llamaría a esto el "reparto de lo sensible": esa cartografía invisible que decide qué se ve, qué se escucha y quién figura en el mapa del progreso. En los folletos del cuestionado Distrito Malecón, el puerto existe y el río es un tramo logístico. Pero cuando estalla la tempestad, la naturaleza le quita la palabra al tecnócrata. El trueno ahoga la retórica institucional del alcalde Jonathan Vásquez Gómez y el agua impone la presencia de quienes habitan la ribera: pescadores, lancheros y cuerpos húmedos que sostienen la vida a pesar del abandono.

La tormenta perfecta. Puerto de Barrancabermeja No. 3

La cámara anestésica y los fantasmas del progreso


Jean-François Lyotard diría que lo sublime posmoderno ya no es la potencia del cosmos, sino el choque con lo inmaterializable. Mientras Turner pintaba el vórtice del Atlántico Norte, aquí la tormenta revela el resplandor del vacío. El relámpago no ilumina el presente; ilumina los fantasmas del futuro que nos vendieron: barcos a vapor que ya no pasan y “bonanzas” disueltas en el caudal del río.

Susan Sontag señaló que fotografiar es una apropiación predationista, un acto de voyerismo donde el desastre ajeno se vuelve consumo estético. En la noche calurosa de Barrancabermeja, apretar el obturador frente al rayo que hiere el cielo no es un acto de denuncia, sino el encuadre perfecto del simulacro. La cámara transforma la desidia y la falta del muelle en un espectáculo visualmente apetecible. El observador convierte la parálisis histórica en un "efecto de luz". La belleza del encuadre anestesia la tragedia; el dramatismo de la naturaleza cancela la incomodidad política.

Como bien ha insistido Ticio Escobar al analizar la cultura periférica, lo que ocurre en la orilla no es falta de desarrollo, sino otra forma de habitar la grieta. El pueblo del puerto inventa sus propios mitos sobre el río, así le disputan la verdad al catálogo técnico de los tecnócratas del Distrito.

La tormenta perfecta. Puerto de Barrancabermeja No.4

La verdadera tormenta: balas, tutelas e impunidad


Pero la "tormenta perfecta" no la trajo el clima. La hizo el Departamento de Policía del Magdalena Medio (DEMAG).

Durante cuatro meses fui al puerto, religiosamente, a registrar su noche. El acoso fue tal que terminaron dañando mi cámara. Una patrullera, a punta de amenazas, me quitó el celular y le tomó fotos. Tuve que interponer un derecho de petición al señor coronel John Jairo Roa Buitrago, pero jamás respondió las preguntas de manera puntual. Luego opté por la tutela, que una juez me concedió. Sin embargo, la cobardía institucional se evidenció cuando la Policía impugnó. Todo quedó en la impunidad, cuando terminó en manos del cuestionado Tribunal Superior de Santander.

A los líderes sociales les sobraban teorías frente a estos hechos: a la Fuerza Pública no le gusta que vean cómo pasan en la noche las lanchas que supuestamente traen armas y drogas a la ciudad. Luego me amenazaron y tuve que salir de Barrancabermeja. Y todo esto ocurrió durante el "Gobierno del Cambio". Vaya uno a saber qué tan peligroso será hacer fotografías bajo el nuevo mandato presidencial.

Al final, cuando el trueno se apaga y el vapor de la lluvia vuelve a envolver la noche, la imagen queda almacenada en la memoria digital mientras la realidad permanece intacta. La tormenta pasa, pero la paradoja se queda: la de una ciudad que vive de espaldas al río, contemplando la tempestad como si fuera un drama ajeno, esperando que el próximo relámpago traiga, por fin, los que nunca llegaron.

Derecho de Petición al Comandante del Departamento de Policía del Magdalena Medio



Fotografías: ©Artistas Zona, Barrancabermeja 2025. “La tormenta perfecta”.

martes, 1 de septiembre de 2026

LA PANTALLA FRACTURADA: DEL GRAN VIDRIO DE DUCHAMP AL SÍNDROME DE LA VENTANA ROTA EN TEUSAQUILLO


Hay momentos que parecen empeñados en ensombrecernos el día. Algo parecido le sucedió a Marcel Duchamp cuando, tras ocho años de meticulosa producción, su El Gran Vidrio (La novia desnudada por sus solteros, incluso) se hizo añicos durante su traslado del Brooklyn Museum en 1927. Cualquier humano hubiese entrado en cólera; el artista francés, sin embargo, celebró el desastre.

Años después, le relataría a Pierre Cabanne: "Se rompieron las dos placas [...] cuanto más lo miraba, más me gustaba la forma en que se habían roto las líneas. Las grietas tenían una simetría maravillosa. Era el azar readymade".

Duchamp no solo aceptó la fractura, sino que la convirtió en el elemento definitivo de la obra. Y quizás ahí, en ese cristal roto, encerraba una profecía que hoy camina por las calles de Bogotá.

Al sustituir el lienzo opaco por la transparencia del vidrio, Duchamp no solo destruyó la ilusoria "ventana renacentista" de Alberti; accidentalmente, dibujó el plano arquitectónico de nuestra actual patología: la interfaz de usuario. El Gran Vidrio no es un cuadro que se contempla, es una pantalla que se atraviesa. Funciona como una membrana que separa y conecta dos mundos: la Novia (arriba) y los Solteros (abajo). Suena familiar, ¿no?

La Novia, suspendida en su reino celeste, es el contenido inalcanzable —el algoritmo, la inteligencia artificial temprana emitiendo señales invisibles—; los Solteros, atrapados en su circuito mecánico, somos nosotros: los usuarios que consumimos frente a una pantalla. Duchamp no estaba haciendo una reflexión aislada sobre el amor o la tecnología, estaba planteando la pregunta más cruda de nuestra era contemporánea: ¿puede el deseo ser mecanizado? Como bien intuyeron los conceptualistas años después, cuando la idea supera a la manufactura, la obra deja de ser una imagen para convertirse en un sistema ejecutable. Duchamp diseñó una proto-interfaz que definió nuestra relación mediada por la tecnología: el deseo constante separado por un cristal que oculta sus mecanismos internos.


Y entonces, bajamos a Teusaquillo


Toda esta elegancia ontológica se derrumba cuando uno pisa un vidrio en la calle. En el barrio, la "interfaz transparente" no es un dispositivo de alta tecnología, sino los restos de la ventanería de un carro, un espejo o un mueble que algún vecino, en un ataque de irresponsabilidad cívica, decidió abandonar frente a su casa.

Mientras la alcaldía local de Teusaquillo y la Distrital llenan sus discursos de miedo citando el “síndrome de la ventana rota” para justificar políticas de seguridad, son ellos mismos los que programan y fomentan el paisaje de la negligencia. La empresa de aseo urbano puede tardar meses en apiadarse del sector y retirar estos fragmentos.

Pero aquí ocurre el milagro. Durante esa espera, esos vidrios abandonados dejan de ser basura para convertirse en los verdaderos readymades de la ciudad. Expuestos a la intemperie, son intervenidos por el paso de los ciudadanos: el polvo, las pisadas, los rayones, la lluvia ácida y el graffiti los transforman. La fractura duchampiana se replica a diario en la acera.

Lo que las instituciones temen del "síndrome de la ventana rota" no es el caos, es la evidencia de su propia inoperancia. Los vidrios rotos de Teusaquillo son pantallas habitadas por el abandono. A diferencia del smartphone, donde el cristal oculta la maquinaria para vendernos una fantasía de control, el vidrio roto en la calle es una interfaz brutalmente honesta: nos muestra el sistema roto, las grietas asimétricas de una ciudad que no funciona, y nos obliga a preguntarnos, al igual que frente a El Gran Vidrio: ¿quiénes son los espectadores y quiénes son el espectáculo?

Fotografía: ©Artistas Zona, 2025. Teusaquillo, Bogotá.