Un El Dorado de concreto y cristal
La pieza formó parte del Circuito de Arte Público Tequendama de la Bienal de Arte y Ciudad (BOG25), realizada entre septiembre y noviembre pasados. "Oro", obra del artista bogotano Alex Sastoque —quien también fungió como co-curador del evento junto con Eduardo Serrano—, se instaló estratégicamente en el corredor peatonal sobre el eje de la Carrera 13 con Calle 26, justo en la plazoleta frontal del Centro Internacional de Bogotá.
Es una pieza de gran formato (aprox. 2.40 m de altura x 1.20 m de base), un ensamble metálico de fundición en bronce con aleación de hierro, bañado en una pátina dorada y brillante. Desde lo puramente estético, esta forja resalta con fuerza sobre el fondo gris de concreto y cristal que caracteriza la arquitectura moderna del sector. Sin embargo, es su carga simbólica la que resulta aplastante.
La obra es una referencia directa al mito de El Dorado y al valor sagrado que las naciones originarias le conferían al metal. Este concepto choca frontalmente con la noción contemporánea de riqueza y acumulación financiera al quedar anclada en el corazón bancario y corporativo de la capital. Frente a "Oro" se alzan las torres de las entidades financieras más cuestionadas del país, lideradas por el Grupo Aval (Bancolombia, Banco de Bogotá, Occidente, Popular y AV Villas) y Corficolombiana.
Esa pátina dorada e intocable que refleja el cielo de la ciudad contrasta dramáticamente con la oscuridad de los escándalos que estas entidades representan hoy. La escultura parece señalar directamente los tribunales de Estados Unidos donde el Grupo Aval fue investigado y condenado bajo la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero (FCPA) por el caso Odebrecht, pagando más de 80 millones de dólares en multas, mientras que en Colombia, donde se cometió el delito, la impunidad de sus directivos ha sido total.
El bronce de Sastoque también es un espejo que refleja otras tragedias: el presunto homicidio del auditor Jorge Enrique Pizano y su hijo, y la muerte de nueve obreros en el colapso del puente de Chirajara, ambos casos ligados al entramado de corrupción de Odebrecht y Corficolombiana que siguen en la impunidad.
Como si fuera poco, la obra guarda silencio frente a la arrogancia de su dueño, Luis Carlos Sarmiento Ángulo, quien recientemente utilizó sus propios medios de comunicación para sentenciar que sus empresas jamás pagarán el impuesto al patrimonio. Una postura que cobra una dimensión aún más cínica si recordamos que, durante la pandemia, estos mismos bancos se lucraron con las líneas de crédito del FMI destinadas a salvar microempresas. Mientras los senadores investigaban cómo estos recursos sirvieron para cubrir acreencias bancarias previas, miles de pequeños comerciantes de Acopi quebraban al ser negados los créditos, y el Estado perdía millones en subsidios focalizados hacia grandes corporaciones.
Ante esta realidad, "Oro" deja de ser solo una escultura para convertirse en un gesto de arte político. Al estar ubicada frente a los grandes capitales, la redundancia es perfecta: el oro sagrado e indígena que los colonizadores extinguieron hoy se ha transformado en el oro financiero, corrupto e intocable de los nuevos dueños del país. Una pieza que vale su peso en crítica, pero que pasa desapercibida para los colombianos.
Esta fotografía busca revelar ese oro con nombre y apellido —que se ve nítido en el fondo de la imagen—, mientras obnubila nuestra conciencia en el primer plano. Así funciona la impunidad: un brillo tan cercano que vibra en los ojos y torna borrosa la mirada de una sociedad donde, al final, todo se compra y se vende.
El bronce que refleja los escándalos
Esa pátina dorada e intocable que refleja el cielo de la ciudad contrasta dramáticamente con la oscuridad de los escándalos que estas entidades representan hoy. La escultura parece señalar directamente los tribunales de Estados Unidos donde el Grupo Aval fue investigado y condenado bajo la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero (FCPA) por el caso Odebrecht, pagando más de 80 millones de dólares en multas, mientras que en Colombia, donde se cometió el delito, la impunidad de sus directivos ha sido total.
El bronce de Sastoque también es un espejo que refleja otras tragedias: el presunto homicidio del auditor Jorge Enrique Pizano y su hijo, y la muerte de nueve obreros en el colapso del puente de Chirajara, ambos casos ligados al entramado de corrupción de Odebrecht y Corficolombiana que siguen en la impunidad.
Como si fuera poco, la obra guarda silencio frente a la arrogancia de su dueño, Luis Carlos Sarmiento Ángulo, quien recientemente utilizó sus propios medios de comunicación para sentenciar que sus empresas jamás pagarán el impuesto al patrimonio. Una postura que cobra una dimensión aún más cínica si recordamos que, durante la pandemia, estos mismos bancos se lucraron con las líneas de crédito del FMI destinadas a salvar microempresas. Mientras los senadores investigaban cómo estos recursos sirvieron para cubrir acreencias bancarias previas, miles de pequeños comerciantes de Acopi quebraban al ser negados los créditos, y el Estado perdía millones en subsidios focalizados hacia grandes corporaciones.
Oro nítido, mirada borrosa
Ante esta realidad, "Oro" deja de ser solo una escultura para convertirse en un gesto de arte político. Al estar ubicada frente a los grandes capitales, la redundancia es perfecta: el oro sagrado e indígena que los colonizadores extinguieron hoy se ha transformado en el oro financiero, corrupto e intocable de los nuevos dueños del país. Una pieza que vale su peso en crítica, pero que pasa desapercibida para los colombianos.
Esta fotografía busca revelar ese oro con nombre y apellido —que se ve nítido en el fondo de la imagen—, mientras obnubila nuestra conciencia en el primer plano. Así funciona la impunidad: un brillo tan cercano que vibra en los ojos y torna borrosa la mirada de una sociedad donde, al final, todo se compra y se vende.
In Memoria de Álvaro Longary Rodríguez,
Amigo y Compañero barranqueño
con quien caminaba Bogotá
Fotografía: ©Artistas Zona, Bogotá, 2025.

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