"Claro que sí, señora Vicky Dávila. Hagamos ese mural artístico, y no lo pongo entre comillas porque justamente eso hace el arte: genera emociones, transgrede sensibilidades y despierta realidades".
— Aida Quilcué
Nunca habíamos atravesado tiempos tan definitivos como los actuales. Sin embargo, la ceguera ante el horizonte y el salto al vacío nos confieren una certeza: el engaño demoledor de un poder que, día tras día, empuja a nuestra civilización al precipicio. Al mismo tiempo, los medios masivos de información cristalizan discursos apocalípticos que nos pretenden acomodar como espectadores impertérritos de "tormentas inevitables"(1).
Para el relato oficial de la corporocracia del Foro Económico Mundial, los ciudadanos somos los culpables de un pecado original por no seguir el ejemplo de una sociedad esquizoide, excluyente y xenófoba, que hoy decide desempolvar sus nacionalismos fascistas y las cruzadas religiosas del pasado —ahora por el petróleo—.
Los ministros de esta fe neoconservadora y neoliberal nos llaman a la resignación frente a la oscura suerte que nos persigue. Nos exigen no rebelarnos contra el catecismo autorizado por las multinacionales y certificado por los canales de entretenimiento científico, cuyo único predicamento es que solo ellos tienen derecho a la libertad.
Desde esta perspectiva, el concepto de "libertad" ha servido para saquear los recursos naturales del Sur Global, quebrar los Estados que practican la soberanía, invadir territorios en nombre de la democracia y ridiculizar al "otro" bajo el argumento del exotismo cultural, negándole una cosmovisión propia.
Colombia: El simulacro democrático y la paz estética
En Colombia, la sombría herencia de occidente se traduce en una plutocracia corrupta donde el poder se hereda por apellidos. El "puro cuento democrático" se legitimó mediante la estrategia del miedo, la compra de votos y el espionaje electrónico —prácticas perfeccionadas durante la era del expresidente Álvaro Uribe Vélez y que hoy están a la luz del día—. La mejor evidencia es la huida de sus "buenos muchachos" (María del Pilar Hurtado, Andrés Felipe Arias, Luis Carlos Restrepo y Luis Alfonso Hoyos), colaboradores que evadieron la justicia para no confesarle la verdad al país y la compra del malware Pegasus a los sionistas de Israel. Una estrategia idéntica a la de las oligarquías de Argentina, Bolivia, Ecuador, Chile o Perú, apoyadas por el presidente Donal Trump, quien interviene en las elecciones y nos impone la doctrina Donrroe.
A pesar de este panorama, se nos vendió la idealización de la paz como un estado catártico, mientras las condiciones objetivas para construirla quedaban lejos de la realidad. Nos abrieron la puerta a una esperanza pírrica: silenciar los fusiles para posibilitar la inversión extranjera. Es decir, a menor resistencia social, mayor certidumbre financiera para las multinacionales, siempre y cuando los sectores populares permanecieran controlables mientras se subía el IVA al 19%, se exoneraba de impuestos a los industriales y se abría paso al fracking (—en Puerto Wilches con la ExxonMobil—).
¿De qué paz hablábamos? Los verdaderos gestos de paz debieron ser estructurales: salarios dignos, reforma agraria real en tierras fértiles (no los predios baldíos que entregaba el Incoder —Agencia Nacional de Tierras—), educación pública de calidad, soberanía sobre los recursos frente a concesiones leoninas como Drummond, Cerro Matoso, entre otras, y una justicia eficaz que prohibiera la casa por cárcel para los corruptos.
El silencio Mefistofélico
¿Y ante estas realidades qué ha dicho el arte institucionalizado? Nada. Y aquí radica nuestro mayor oprobio.
Mientras el país se desangraba en el simulacro, los Mefistófeles de la cultura sostenían la camándula o el amuleto con una mano y, con la otra, firmaban los contratos del ministerio de Cultura, gobernaciones, alcaldías. El panorama artístico institucional se ha esmerado en solidificar una política que convierte a los artistas colombianos en los saltimbanquis contemporáneos del discurso oficial. Los creadores se transformaron en bufones amansados por el presupuesto estatal.
Al mismo tiempo, la curaduría oficial apela al cómodo argumento del "placer estético" o a un conceptualismo higiénico para legitimar sus exposiciones. Todo esto sin abandonar las razones comerciales, las ferias de arte decorativo y las correctas conveniencias con las que se reparten premios, becas y reconocimientos a quienes no incomodan al patrocinador. El arte en Colombia se convirtió en el maquillaje humanista de la marcha institucional.
Finalmente, los colombianos nos hemos develado como un público dúctil, maleable y desinformado; un espectador cuya única valentía consiste en sentarse frente al televisor a recibir un baño del más plácido sadomasoquismo mediático. Consumimos melodramas que hacen "Metástasis" en la conciencia, endiosamos la precaria estética de la cultura mafiosa y aceptamos la sumisión machista como el prime time de nuestra nueva religión.
La paradoja del circuito
Mientras Aida Quilcué (una lideresa social e indígena) defiende que el arte debe "transgredir sensibilidades y despertar realidades", el circuito artístico institucionalizado (los curadores, los jurados, los becarios) hace exactamente lo contrario: anestesiar, acomodar y volverse cómplice del silencio.
Si el arte no es capaz de romper este espejo de complacencia, entonces no es arte; es solo mercancía o, peor aún, propaganda silenciosa. ¿De verdad el arte en Colombia está despertando realidades, o solo está maquillando el desastre?
Fotografías: ©ArtistasZona. “Sentido pésame mundo”, 2014. Nota editorial: Este artículo fue originalmente publicado en 2015 y se ha decidido republicar con adiciones conceptuales de la coyuntura actual.
Notas:
1. “Tormentas inevitables”: Sintagma de la declaración del expresidente Juan Manuel Santos al término del taller con autoridades sobre el virus del chikunguña, el 7 de enero de 2015.









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