viernes, 29 de mayo de 2026

DE LA SOMBRA DE DA VINCI A LA SONRISA BARRANQUEÑA


«La risa es el principio de la libertad; destruye el miedo frente al dogma y devuelve el mundo a su gozosa imperfección terrenal». 
Mijaíl Bajtín
 
«Hay sonrisas que no son de alegría, sino de guerra; son el escudo con el que el alma se protege de la fealdad del mundo». 
Friedrich Nietzsche 

No se trata de la laboriosa tarea del sfumato con que Leonardo da Vinci creaba la ilusión óptica que termina devorando nuestra mirada con una sutil sonrisa que nunca concluye. Tampoco de la pincelada alla prima de Frans Hals, con la que el maestro holandés capturaba ese parpadeo vital que 328 años después Henri Cartier-Bresson bautizaría como el "instante decisivo". No. No es una carcajada, ni una muestra de superioridad, ni un despiadado acto de contrición contemplativo. 

El desafío de la carne estática 

Capturar una sonrisa en la historia del arte es uno de los mayores desafíos técnicos y conceptuales para cualquier creador. En primer lugar, porque mantener una sonrisa estática durante las largas sesiones de posado era casi imposible hace alguno años; debido a esto, la pintura académica a menudo la asoció al desenfreno, la locura o la clase “baja”. Sin embargo, cuando un artista lograba plasmarla con maestría, el gesto dejaba de ser un accesorio para volverse el eje conceptual de la obra, transformándose en una declaración política, psicológica o técnica. 

Para lograr que una sonrisa se sienta viva en el lienzo y no se instale como una máscara petrificada, los maestros tuvieron que aprender a manipular la física de la luz y la forma en que el cerebro humano procesa las imágenes. Lo vemos desde que Da Vinci nos dejó La Mona Lisa (1503–1519), pasando por la provocación y el desafío del Caballero sonriente de Frans Hals (1624). También en la risa siniestra y sardónica contra la ignorancia que Francisco de Goya grabó en El sueño de la razón produce monstruos, un claro antecedente del existencialismo. Incluso habita en la risa primitiva de las máscaras africanas en Les Demoiselles d’Avignon (1907) con las que el colonialismo cultural de Picasso fracturó la belleza clásica anunciando la ruptura de la tradición y la llegada del arte moderno. 

El carnaval contra la solemnidad institucional 

Estudiar la risa y lo cómico desde la literatura teórica, la filosofía y la historiografía del arte es adentrarse en un territorio de tensiones. Durante siglos, la academia y los museos sacralizaron el arte bajo el manto de la solemnidad, relegando el humor al ámbito de lo profano, lo vulgar o lo peligroso. Sin embargo, grandes pensadores han demostrado que la risa es un mecanismo de resistencia, una herramienta de análisis estético y un espejo de las contradicciones humanas. 

Como creadores, tendemos a olvidar que la seriedad del arte no radica en la rigidez de la mirada, sino en la profundidad de su cuestionamiento. Ensayos como el de Henri Bergson o las revisiones historiográficas de Carlos Reyero nos recuerdan que la risa en la pintura o la escultura no es un indicador de ligereza, sino una sofisticada estrategia de representación. Desvestir al arte de su solemnidad institucional a través del humor es, quizás, el acto más genuinamente estético y liberador que nos queda. 

Pensemos en Flandes: Brueghel y El Bosco utilizaron la risa y lo grotesco como una válvula de escape política y espiritual en una época de profundas crisis religiosas y guerras. Mientras el Renacimiento del sur intentaba ordenar el mundo a través de la razón y la simetría, los maestros del norte recordaban —mediante el espíritu del carnaval— que el mundo es caótico, mutable e imperfecto. Para ellos, la única forma de no perder la cordura ante la monstruosidad de la realidad era, precisamente, aprender a reírse de ella. 

Del lienzo clásico al vacío digital 

Si en el pasado la risa era un reto técnico o un símbolo de transgresión social, en el arte contemporáneo se ha convertido en un dispositivo conceptual desestabilizador. Hoy en día, los artistas no pintan la risa para demostrar que pueden imitar la anatomía de un rostro; la utilizan como una estrategia para cuestionar la política, ironizar sobre la salud mental, hackear el espacio público o revelar la alienación de la sociedad de consumo. 

Mientras que los maestros antiguos usaban la luz para fijar la carne en el lienzo, el arte de nuestros días usa el contexto. Lo que nos estremece de estas piezas actuales no es cómo están modeladas o dibujadas, sino el eco vacío de su mueca. En un mundo hiperconectado y saturado de memes y simulacros de felicidad digital, la risa en el museo ha dejado de ser un gesto de alegría para convertirse en una de las herramientas de crítica cultural más afiladas de nuestro tiempo. 

Por esta razón, el corpus teórico también ha tenido que mudar de piel. Si los clásicos como Bergson o Freud pensaban el humor como un asunto moral o un mecanismo de alivio psíquico, la crítica contemporánea entiende la risa como un hackeo institucional o una parodia del mercado del arte. Al revisar estas investigaciones, se hace evidente que el humor actual es un arma de doble filo. Mientras que teóricos como David Fleiss celebran su potencia para humanizar y democratizar las prácticas estéticas, pensadores como Timothy Bewes nos advierten sobre el peligro de una risa vacía, mercantilizada por el propio sistema que intenta parodiar. Leer estos textos es comprender que cuando nos reímos frente a una obra contemporánea, la risa no es el fin del juego, sino el anzuelo que nos atrapa en él. 

La declaración política de la simplicidad 

Esta sonrisa no simula. Tal vez es irreverente frente al otro porque no nos invita a reír con ella: solo aparece de repente y parece desvanecerse en el instante, pues nada hay más efímero que la felicidad. Tampoco es la típica sonrisa glamurosa que posa para ornamentar el poder. 

Esta es la sonrisa de un ciudadano barranqueño que, como millones en el planeta, se atreve a hacerlo en medio de un mundo que no cicatriza. Mientras, el orangután del norte y los sionistas siguen asesinando niños en Gaza, Líbano, Irán y, ahora, las veintiuna niñas bombardeadas en Starobelsk, Rusia, el pasado viernes 21 de mayo, mientras todos nos convertimos en cómplices. Pero desde hace 64 años, 3 meses y 22 días, asesina a niños y niñas en nuestro continente con su embargo económico, sanciones contra Cuba y ahora busca invadirla.

Por eso, para nosotros en Barrancabermeja —que vimos bajar cientos de cadáveres flotando en el Magdalena—, la frase «Desde el río hasta el mar» también tiene un profundo sentido. Y  mucho más ahora que el Departamento de Policía del Magdalena Medio, en Barrancabermeja, me persiguió por hacer unas fotografías en el puerto y terminó por dañar mi cámara fotográfica. Más hoy, que la simplicidad es toda una declaración política: el arte ya no se trata de «qué vemos», sino de «cómo sobrevivimos» a través de lo que vemos.

Fotografía: ©ArtistasZona, Barrancabermeja, mayo de 2026.

martes, 12 de mayo de 2026

¿LA LIGA DE LA JUSTICIA O LA INQUISICIÓN ESTÉTICA? LA BOG25 Y SU "POLICÍA DEL ARTE"


No había acabado de desempacar sus maletas tras su doctorado en Madrid, cuando la muy afamada curadora del Banco de la República y de la BOG25, María Wills, lanzó una granada de fragmentación en el podcast Arte en Diálogo: “…Hay una policía del arte criticando la Bienal…”. Las palabras, cargadas de ese aroma a superioridad académica, causaron un revuelo inmediato entre quienes se atrevieron a profanar el templo de la "felicidad" institucional con un poco de realidad bogotana y ejercer el derecho ciudadano de mirar con sospecha el evento de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte. 

Para algunos, esta pataleta verbal fue un acto de censura preventiva; para otros, la puesta en escena de una visión excluyente. El equipo curatorial parece querer imponernos una versión unilateral de lo que ellos validan, desde su Olimpo institucional, como "arte" y sus discursos sobre la “felicidad”. Todo esto, por supuesto, en una ciudad que se debate en una crisis “sin lugar a dudas” —para usar sus muletillas— marcada por la inseguridad, el caos en la movilidad, la pésima calidad en la prestación de los servicios públicos, su acelerado deterioro ambiental, los altos índices de pobreza, crecimiento urbano descontrolado y la gentrificación que devora barrios enteros. 

Maquillaje urbano y cortinas de humo 

A esos que Wills llamó despectivamente la “policía del arte”, nos une una certeza: el “espectáculo” de la Bienal buscaba desesperadamente mejorar la percepción sobre la cuestionada administración del alcalde Carlos Fernando Galán Pachón. Una estrategia para desactivar la protesta social y tender cortinas de humo sobre las realidades de la capital. Ya lo advirtió Lucas Ospina: estamos ante la “domesticación del arte”, un simple rubor para ocultar las ojeras de una ciudad agotada. 

Mientras tanto, en la red X, la cuenta @AgitacionBogota y el artista Wilson Díaz pusieron el dedo en la llaga: los recursos de la Bienal se evaporaron en logística y en los jugosos fees de los "grandes nombres", mientras los artistas de base recibían migajas o quedaban fuera por procesos de contratación diseñados para ser imposibles. Incluso El Espectador lo dijo sin anestesia: trajeron "contenedores de arte" a la periferia sin mediación alguna, dejando obras que los vecinos sintieron como naves espaciales ajenas e invasivas. 

La geopolítica de la estética: Galán vs. Petro 

No faltaron los malpensados —o muy bien informados— que señalaron que la BOG25 (junto a la de Medellín) fue la apuesta de la derecha colombiana, representada por Galán y "Fico" Gutiérrez, para eclipsar al 47º Salón Nacional de Artistas del Ministerio de Cultura. Tres eventos simultáneos no son coincidencia; son un campo de batalla ideológico donde el espacio público es el rehén de turno. 

Curadores Diego Garzón, Codirector de la Bienal y Jaime Cerón Silva

Rueda de prensa en la "Casa de la Alegría" (mientras afuera llueve fuego) 

El lunes 10 de noviembre de 2025, la ironía alcanzó niveles épicos. Mientras el alcalde Galán iniciaba la privatización y con ello el desmantelamiento de las Aulas de Apoyo Pedagógico, afectando a 1600 estudiantes con discapacidad bajo el eufemismo de “tránsito progresivo”, en la Casa de la Alegría se celebraba la rueda de prensa de balance de la Bienal. 

Fuimos a la rueda de prensa para preguntar qué pensaban de la postura de María Wills y su anacrónico concepto de 'policía del arte', como si la creación pudiera despojarse quirúrgicamente de su dimensión política. La curadora del Banco de la República parece olvidar que es precisamente la institución que ella representa la que ostenta el monopolio de la fuerza... cultural; y resulta tragicómico que sea el poder quien se sienta 'perseguido'. ¡Pobres curadores, acosados por tuiteros armados con argumentos! Es el mundo al revés: la élite de los museos pidiendo protección frente a la opinión de la calle. 

Intentamos indagar a Jaime Cerón y, posteriormente, a Diego Garzón; este último, al escuchar el tono de la pregunta, prefirió aplicar la técnica del mutismo selectivo y se retiró sin darnos sus impresiones. El silencio, a veces, es la respuesta más honesta. 

Secretario de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, Santiago Trujillo E.

El evangelio según Cerón y Trujillo 

Jaime Cerón Silva, con una calma envidiable, calificó nuestras críticas como "ortodoxas" y "elitistas". Según él, criticar la masividad de un evento público es de mal gusto. “El público de la Bienal era gente común y corriente, esa es la ganancia”, concluyó. Interesante lógica: confundir el éxito de una feria de pueblo con la profundidad de un proceso artístico.


Por su parte, el Secretario de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, Santiago Trujillo Escobar, nos regaló una dosis de condescendencia: “No le tememos a la crítica... pero cuando no es objetiva, cae en lugares comunes y se vuelve poco útil”. Habría que recordarle al Secretario que la crítica no es un manual de instrucciones para su oficina; su utilidad radica, precisamente, en incomodar al poder que pretende convertir el arte en un accesorio de campaña. 


Finalmente, la Bienal de Arte y Ciudad de Bogotá (BOG25) termina como empezó: con muchas luces para la foto oficial y muchas sombras para el ciudadano de a pie. Si pensar que el arte debe ser algo más que decoración nos convierte en "policías", entonces, ¡que nos den el uniforme! Pero uno que no sea de marca, para que no desentone con la realidad de la calle. 

El Alcalde Galán y el equipo curatorial presentan el balance de la 'felicidad', mientras la realidad de la ciudad corre por otro carril. (Foto: Redes Sociales).

Fotografías: ©ArtistasZona, Bogotá, noviembre de 2025.

miércoles, 6 de mayo de 2026

EN LA BIENAL DE VENECIA, EL CUERPO COMO BADAJO: ¿RESISTENCIA CRÍTICA O ESPECTÁCULO DE LA COMPLACENCIA?


La inauguración de la Bienal de Venecia 2026 nos sitúa, una vez más, ante el abismo de la provocación institucionalizada. La artista austriaca Florentina Holzinger, conocida por desplazar los límites de la resistencia física y el lenguaje acrobático hacia territorios de una crudeza casi insoportable, presenta una instalación que pretende ser el grito de alarma definitivo ante el apocalipsis climático. Una mujer cuelga boca abajo dentro de una colosal campana de bronce, convirtiendo su propio cuerpo en el badajo que hace sonar la advertencia de la inundación global. 

A primera vista, la imagen es poderosa. Pero tras el estruendo del metal golpeado por la carne, surgen preguntas punzantes: ¿Es este arte una verdadera disonancia en el sistema, o es simplemente la nota más aguda del mismo espectáculo sadomasoquista que rige nuestra cotidianidad? 

La Genealogía del Sufrimiento: ¿Novedad o Reciclaje? 

Holzinger no camina sola en esta senda del cuerpo martirizado. La historia del arte contemporáneo está pavimentada con la carne de artistas que, bajo la bandera de la denuncia, han recurrido a la autolesión y el desnudo extremo, tal como lo hizo Marina Abramović, Ritmo 0 (1974, Nápoles). Durante la obra, la artista se ofreció como un objeto pasivo con 72 instrumentos (incluyendo una pistola cargada) para denunciar la latente violencia humana. 

Pero también, Chris Burden, Shoot (1971, California) fue más allá, se hizo disparar en el brazo para cuestionar la anestesia social ante la violencia de la Guerra de Vietnam. Dos años más tarde, Gina Pane, The Conditioning (1973, París) se acostó sobre una estructura metálica con velas encendidas debajo, explorando el dolor como medio de concienciación social. 

El problema es que, en 2026, la repetición de este esquema —desnudo, dolor, riesgo— parece haber caído en lo que Guy Debord llamó la "Sociedad del Espectáculo". Cuando el arte utiliza las mismas herramientas de choque que el consumo masivo o el sadomasoquismo digital, ¿no estará contribuyendo a normalizar la violencia que pretende denunciar? 

Al repetir el dolor espectacularizado, el arte corre el riesgo de convertir la tragedia (en este caso, la climática) en una mercancía estética más, volviéndose redundante y, paradójicamente, cotidiano, más en el momento en que el mundo no dejó de ver sino el dolor y la muerte en los 942 días de crímenes contra la humanidad en Gaza, de un genocidio étnico sobre el pueblo palestino que se ha extendido por más de 70 años y que ahora se ensañó contra el Líbano y que causó el asesinato de 175 niñas por los misiles de EEUU e Israel sobre una escuela en Minab en Irán

El Colonialismo Intelectual y la Paradoja de la Huella 

Resulta contradictorio que, para denunciar el colapso de los sistemas y la crisis ecológica, se utilicen instalaciones de gran escala que implican una huella de carbono considerable (fundición de bronce, transporte transoceánico, logística de gran Bienal). Aquí, el "elevado intelectualismo conceptual" sirve a menudo como un escudo contra la crítica pragmática. 

La curaduría de Nora-Swantje Almes habla de la "complicidad humana", pero se dirige a una élite capaz de descifrar la jerga académica de los PhD y los críticos excelsos. Es una suerte de colonialismo intelectual: se imponen estéticas del trauma a un público "ignorante" (según la visión del sistema), mientras que el ciudadano de a pie lucha con las realidades materiales de la crisis. 

Como señalaba Ortega y Gasset, cuando la mediocridad se instala como norma —o en este caso, cuando el "choque" se vuelve la norma—, la sociedad se vuelve incapaz de reaccionar. Estamos clonando la mirada del espectador, imponiéndole una emoción de "shock" prefabricada que no deja espacio para la reflexión honesta. 

¿Dónde queda la Belleza y la Ética? 

Si entendemos la belleza, siguiendo la Ética a Nicómaco, como una virtud para el desarrollo personal y social, la obra de Holzinger parece alejarse de esta honestidad para abrazar el ruido. La belleza que no es honesta, que necesita del martirio público para ser validada, genera una disonancia ética. 

Slavoj Zizek advierte que la marginación sutil trivializa cualquier intento de transformación. Al convertir el apocalipsis en una performance sadomasoquista en los canales de Venecia, el sistema "desactiva" el peligro del mensaje. El espectador sale de la exposición impactado visualmente, pero políticamente anestesiado. El arte debería ser un puente para diálogos colectivos, no un pedestal para el exhibicionismo de la tortura propia. 

¿Contemporáneo y radical o anestesia social? 

El arte contemporáneo, en su afán por ser "radical", está cayendo en la mayor de las sumisiones: la de ser entretenido para una intelectualidad que ya no se inmuta ante nada. Si la salida a la crisis climática es torturarse desnudo dentro de una campana, el arte ha perdido su capacidad de imaginar futuros posibles y se ha limitado a decorar el colapso. 

Hoy, necesitamos un arte que recupere la ética de la construcción social y no solo la estética de la destrucción. Menos espectáculo del dolor y más honestidad transformadora. De lo contrario, seguiremos haciendo sonar campanas que, por más que golpeemos con nuestro cuerpo, solo emitirán un eco vacío en un salón de espejos. 

El Sadomasoquismo: ¿Patología o Espejo Social? 

Desde el psicoanálisis y la psicología social, el fenómeno de Florentina Holzinger y sus predecesores no se lee solo como una provocación estética, sino como una manifestación de las pulsiones más profundas de la psique humana y las patologías de la cultura contemporánea. 

En la perspectiva freudiana clásica, el masoquismo no es solo la búsqueda de dolor, sino una forma de manejar la culpa o de convertir la pasividad en actividad. Sin embargo, en el contexto del performance, el psicoanálisis moderno (como el de Jacques Lacan) sugiere que estas obras operan en la dimensión del "Goce" (Jouissance): un placer transgresor que bordea el dolor y que intenta tocar "lo Real", aquello que las palabras no pueden explicar. 

En la agresión al cuerpo el artista que se agrede, refleja una sociedad que ha anestesiado sus sentidos. Mientras, que la psicólogo social de Erich Fromm se refiere a la "necrofilia" (atracción por lo inanimado o lo destruido) en las sociedades tecnológicas. Por su parte, el artista, al golpearse, intenta "despertar" al espectador de su letargo mediático a través de una descarga de adrenalina y horror. 

Por otro lado, podríamos hablar del reflejo de la impotencia, cuando se usa el cuerpo como badajo de una campana, que simboliza la última herramienta que le queda al individuo ante el colapso sistémico: su propia carne. Es el grito de quien no tiene voz política pero posee un cuerpo que puede sangrar. 

El Alcance y la Reacción de los Medios: El Arte como "Clickbait" 

Las obras "espectaculares" han tenido un alcance masivo pero, a menudo, superficial. Los grandes medios comerciales de información (The New York Times, The Guardian, El País) reseñan estas obras bajo la dualidad del escándalo como mercancía. Esto medios suelen titular como "horror" y o la "desnudez"; hecho que garantiza clics y ventas. Esto convierte la denuncia del artista en un producto de consumo más. 

Al tiempo que para no parecer amarillistas, los críticos rodean la obra de conceptos complejos (antropoceno, decolonialidad, biopolítica), creando una brecha entre la obra y el ciudadano común y adquiere un aura de la intelectualización. 

Escándalos que Hicieron Historia 

Muchos de estos artistas son recordados más por la intervención policial o la censura que por la profundidad de su mensaje. Un ejemplo de ello podemos encontrarlo con Hermann Nitsch y el Accionismo Vienés: Sus obras con sangre y cadáveres de animales generaron múltiples juicios y estancias en prisión en los años 60. Hoy es un pilar del arte austriaco, pero su memoria está ligada al "sacrilegio". Por su parte, Chris Burden (1971) originó un escándalo de recibir un disparo en una galería fue tan grande que eclipsó sus reflexiones sobre la ética de la violencia, convirtiéndolo en una "leyenda urbana" del arte. 

¿Memoria por Escándalo o por Calidad? 

Es una crítica válida: muchas de estas obras perduran por el trauma que causaron en la memoria colectiva. El escándalo actúa como un "fijador" mnemotécnico. Si eliminamos el desnudo y la agresión de la obra de Holzinger, ¿qué queda del mensaje climático? Si la respuesta es "poco", entonces estamos ante una estética de la conmoción que depende de la espectacularidad para sobrevivir. Como mencioné antes, citando a Žižek, el sistema tiene una capacidad asombrosa para absorber la transgresión: hoy el "escándalo" es el protocolo estándar de las Bienales para asegurar que el arte siga siendo relevante en los titulares, aunque sea irrelevante para el cambio social real. 

Al final, el arte que se agrede a sí mismo puede terminar siendo el reflejo de una civilización que, incapaz de resolver sus crisis, encuentra un consuelo morboso en observar su propia destrucción representada en un escenario de bronce.