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miércoles, 28 de octubre de 2009

EN ROJO











Bucaramanga: desde su 27
Por. Victor Hugo

"Los colores eran para nosotros cartuchos de dinamita". 
André Derain 

Sobresaturada e inerte, pero meditabunda; transeúnte sobre la orquestación de sus propios pigmentos. Bucaramanga fluctúa en una obsesión entre el martirio y su pretendida alegría de "vividero". Se excusa frente a lamentos que oculta como la pobreza de sus angustias, mientras en sus rincones transpiran las perturbaciones de un insomnio que nunca se detiene. 

Arribista por naturaleza, su tendencia se esconde tras la simulación y el desencanto. Existe un afán consumado por mantener la fachada de "tranquilo parque solariego", ese donde se jubiló el 80% de la fuerza petrolera de Barrancabermeja. Es una economía que levita entre lo legal y lo ilícito; una "lavandería" abierta y próspera que desinfecta hasta el alma, permitiendo el anonimato perfecto. Allí se erige la meseta, con sus perpendiculares que delimitan el abismo hacia el Cañón del Chicamocha: una ciudad con portería y rejas, aislada del "mundo plebeyo" que hierve en sus calles estrechas. Es el suicidio del crecimiento. 

Bucaramanga —lugar de Payacuá y de la Culebra Pico de Oro— fue escenario de la matanza de jóvenes liberales en la Guerra de los Mil Días. La ciudad de los andinos e inmigrantes de principios del siglo XX, donde la música de la montaña fría recorría el torrente sanguíneo de José Morales y Luis A. Calvo, mutó. Por cuenta de la estética mercantil de los medios, pasó a ser la metrópolis del vallenato y la tecnocumbia. Aquella urbe con olor a tabaco que inundaba la Carrera 27 es hoy el escenario escandaloso donde las iglesias cristianas se disputan seguidores como si fueran mercancía, atalayando consumidores en la rapaz tarea de atrapar la conciencia y el diezmo para "la obra de Dios". 

La ciudad colapsa bajo el caos de su parque automotor, a la espera de un fantasma que la rediseñó bajo los intereses del capital privado. Con el prurito del "progreso del siglo XXI", el sistema de transporte masivo se convirtió en la frustración por donde caminan sus psicopatologías sociales: el acecho y la subasta de la vida por un peso de más. 

Invasión en rojo. Una ciudad con apenas cuatro arterias para des-embotellar su tráfico —la 15, la 21, la 27 y la 33— donde se debate la enfermedad del tiempo. Se consume allí lo poco que queda de vida bajo el espejismo de su propia entelequia. Es la misma que se convenció de ser "La Ciudad Bonita" tras el bautismo mediático de los 80; mientras tanto, hoy su gente está empeñada a quienes imponen el orden en los barrios: los que visten de negro, la paraestatal de la seguridad que cobra vidas de andariegos y habitantes de calle bajo el eufemismo de la "limpieza social". 

Esta es la ciudad de rojo, la de la 27. No es el rojo del radicalismo liberal que la joven urbe ya no se atreve a narrar en estos tiempos de dictadura estética y política. 

Esta es mi Bucaramanga, la que apostamos a desmantelar en imágenes. Una que ya es otra: no es la que conocí en la estación del Café Madrid, ni la del Parque Centenario repleto de mercachifles, ni la de los almuerzos con sabor a tierra en la antigua Plaza Central junto a Mauricio García. No es la del Cine Club El Hormiguero en el Teatro Santander, ni la de los ensayos en La Culona de Juancho Torres. Es la ciudad de mis primeras andanzas de artista con Oscar en 1985, cuando la "Ratona" era ella. Y ahora, es la ciudad de Camila, Gabriela, Paula y Ana María; las que hoy no me esperan en casa, aunque yo no las olvido.

Fotografía: ©ArtistasZona, 2009.