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jueves, 22 de enero de 2015
FOTOGRAFÍA, SENTIDO PÉSAME MUNDO
El oprobio de decirnos la verdad
Por. Victor Hugo
Nunca habíamos atravesado tiempos tan definitivos como los que hoy vivimos, aunque no ver la luz sobre el horizonte y saltar al vacío nos confiere la certeza del engaño demoledor del poder, que día tras día lanza al precipicio de la muerte a nuestra civilización y la promesa que la vida valía la pena.
Al mismo tiempo, los medios de información cristalizan los discursos apocalípticos con los que nos pretenden acomodar como espectadores impertérritos de las “tormentas inevitables”(1), para ellos somos los verdaderos culpables del pecado original por no seguir su ejemplo y conservar los supremos valores de una sociedad enferma, excluyente, decadente y xenófoba, que decidió desempolvar sus nacionalismo fascistas y las cruzadas religiosas que recorrieron a Europa en otros tiempos.
Del mismo modo, los ministros de esta fe y quienes proclaman a occidente como la verdadera utopía, nos llaman a la religiosa resignación frente a la oscura suerte que nos persigue y contra la hereje desobediencia de no repetir ni aceptar ciegamente el catecismo autorizado por las multinacionales y certificado por Discovery e History Chanel, cuyo único predicamento consiste en: solo ellos tienen derecho a la libertad.
Desde esta perspectiva, el concepto de libertad les ha servido para saquear los recursos naturales de los países que no pertenecen al poderoso club del G7 y prohibirles su desarrollo; quebrar los Estado que practiquen el principio de la soberanía y la autodeterminación; invadir, intervenir o desatar las guerras necesarias para defender sus intereses; imponer su noción de democracia, arte, actualidad y la concepción de Dios; ridiculizar al otro bajo el argumento del exotismo cultural y negarle la posibilidad tener cosmovisión propia; además, de castigar a quienes no se hinquen a sus pies ni se dejen esclavizar.
Colombia
La sombría herencia que se cierne sobre este país, donde el poder se hereda por apellidos como es costumbre en occidente, es la de perpetuar una plutocracia corrupta en el poder y, ahora, a la falange del puro cuento democrático, que se legitimó con su estrategia de miedo y muerte; además, de la compra de votos en los comicios electorales y el espionaje electrónico al que nos acostumbró el expresidente Álvaro Uribe Vélez.
Prueba de ello y la mejor evidencia de los hechos esta en como huyen “los buenos muchachos: María del Pilar Hurtado, Andrés Felipe Arias, Luis Carlos Restrepo y, el asesor espiritual Luis Alfonso Hoyos”. Los antiguos y más cercanos colaboradores del expresidente siempre han tratado de evitar la justicia para no decirle la verdad al país, así como lo hará el candidato a la presidencia por el Centro Democrático, Oscar Iván Zuluaga bajo la postura de “falta de garantías”; cuando no él mismo Uribe Vélez los extraditaba para mantenerlos lejos. Nada nueva la estrategia, porque así lo hicieron los políticos comprometidos en casos de corrupción y violación de los derechos humanos de Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú y Venezuela.
A pesar de todo, los nuevos yihadistas neoconservadores y neoliberales recorren los pasillos del Estado, mientras, con la fe del carbonero, se empeñan en armar todo tipo de complots contra los países suramericanos que se niegan a portar las banderas de “tradición, familia y propiedad”.
Por si fuera poco, los fanáticos de la ultraderecha latinoamericana son secundados por los medios comerciales de información, quienes los presentan como los respetables políticos e iluminados Mesías, los mismo que intentan esclavizar hasta la muerte y subyugarnos frente los intereses de las multinacionales que saquean nuestro continente.
De igual manera, nos venden la idealización de una paz como un estado catártico, mientras las condiciones objetivas que la construyan están lejos de ser una realidad. De esta forma, abren la puerta a la esperanza pírica de: silenciar los fusiles posibilita la inversión social y el enriquecimiento del país, (¿Pero de qué país?) por la vía de vender lo poco que nos queda al capital extranjero, es decir, a menor resistencia mayor crecimiento, más seguridad y certidumbre financiera, siempre y cuando los sectores populares sean fácilmente controlables mientras suben el IVA al 19%, le bajen los impuestos a los industriales, las multinacionales y continúen explotando los hidrocarburos a punta del fraking. ¿Dé qué paz estamos hablando?
Los gestos de paz deberíamos pedirsélos también al gobierno de Juan Manuel Santos, por ejemplo: salarios dignos, verdadera redistribución de la riqueza, reforma agraria que le permita a los trabajadores del agro acceso a tierras fértiles y no las desérticas e inservibles que entrega el Incoder; dejar de desmantelar nuestra economía y el aparato productivo a punta de los Tratados de Libre Comercio, TLC.
Además, de un nuevo modelo que acabe con el actual sistema de salud, educación con calidad y apoyo a la investigación que termine con el esquema que deja en manos de los gobernadores su contratación vía regalías; fortalecimiento y mayor competitividad para las deterioradas empresas estatales; precio de los combustibles de acuerdo a las fluctuaciones internacionales del crudo; protección de la biodiversidad y el banco genético, así como políticas para salvaguardar los ecosistemas estratégicos para la nación; concesiones que no regalen el carbón a Gary Drummond, el ferroniquel de Cerro Matoso a la BHP-Billiton, el oro a la Anglogold Ashanti Colombia S A. y los canadienses de la Continental Gold De Colombia ni el hidrocarburo a Pacific Rubiales Energy; un sistema bancario que no sea usurero ni este en manos de uno solo; descentralización del Estado, mayor autonomía y control de la territorialidad a los municipios; prestación eficiente de los servicios públicos y no este remedo que enriquece a los privados; lucha frontal contra el accionar delictivo de los grupos narcoparamilitares, cero impunidad, una justicia eficaz sin jueces ni magistrados que se vendan, endurecimiento de las penas y sanciones, es decir, no casa por cárcel a quienes defrauden los recursos públicos; así como la protección real de los derechos humanos, entre otros aspectos que laceran a la gran mayoría del pueblo colombiano. Esto sí serían gestos de paz.
¿Acaso no deberían ser los gestos de paz bilaterales y definitivos, es decir, de parte y parte? ¿Por qué será que los medios de información, ni la clase política ni los gremios le piden gestos de paz al gobierno de Juan Manuel Santos?
¿Y de estas realidades que ha dicho el arte? Nada. Los Mefistófeles, con una mano sostienen la camándula, la Holy Biblie y, con la otra, los contratos del Ministerio de Cultura, cuyo inefable interés consiste en solidificar una política que hace de los artistas colombianos los saltimbanquis contemporáneos del discurso del poder, mientras algunos curadores apelan al argumento “del placer estético” para legitimar sus eventos expositivos, sin abandonar, las razones comerciales y las correctas conveniencias con la que entregan premios, becas y reconocimientos.
Finalmente, los colombianos somos el pueblo más dúctil, maleable y desinformado del continente, es una vergüenza pero es la verdad, cuya única valentía consiste en sentarse frente al televisor para darse un baño del más placido sadomasoquismo de sus reality y conformarse con los melodramas que hacen “Metástasis” en su conciencia, como la historia de “Diomedes Díaz”, la precaria estética del vallenato y esa sumisión machista de la realidad, que hoy se convirtió en la hora sagrada, el prime time, de su nueva religión.
Fotografías: ©ArtistasZona. “Sentido pésame mundo”, 2014.
Notas:
1. [On Line] “Tormentas inevitables”: Sintagma cristalizado en la Declaración del Presidente Juan Manuel Santos al termino del taller con autoridades sobre el virus del chikunguña, el pasado 7 de enero del 2015.
viernes, 19 de octubre de 2012
COLOMBIA EN PROCESO: LA SIMULACIÓN ASÉPTICA
Otros Diálogos: Retórica y Realidad
Por. Victor Hugo
Mientras las crudas realidades del país dan cuenta de nuestras tragedias, silencios y lutos, el Estado sigue empeñado en negar la verdad, así quedó claro después de la intervención de Humberto de la Calle Lombana, Jefe de la Comisión Negociadora del gobierno colombiano, durante el inicio de los diálogos del nuevo Proceso de Paz en Noruega.
Fueron dos estilos, lógicas y lenguajes los que escenificaron frente al país una realidad histórica inocultable. No obstante, en palabras de la Calle, es preferible no hablar porque señalar puede personalizar y puntualizar las responsabilidades éticas, políticas y económicas de los actores, en medio de un país construido durante los últimos 60 años por un Estado que ha instigado la guerra como estrategia para viabilizar su modelo y quien ha arquitectado sobre la teatralidad de la muerte su statu quo.
Del otro lado, se encuentran los medios comerciales de información y su noción de actualidad del proceso de paz, en medio de sus silencios repetitivos de los que surgen atmósferas inundadas de las acostumbradas frivolidades melodramáticas (telenovelescas), sus alimentados escepticismos donde naufragan hasta las esperanzas moderadas y las complejidades estructurales del país, pero donde los únicos héroes y poseedores de la verdad son sus periodistas, quienes desde la postura fascistas del lenguaje, como diría Roland Barthes (1), y con el inapelable uso de los sintagmas cristalizados, defienden los intereses de un modelo económico que ha generado las profundas desigualdades sociales.
Por eso, cuando el discurso de la insurgencia abordó las realidades de la nación, a partir de un recorrido estadístico que gráfico el desarrollo colombiano, expertos, editorialistas y periodista no tuvieron otra salida que señalar rápidamente “la ampliación de la agenda pactada”; sin embargo, olvidaron que estas diferencias son un claro avance porque precisamente ese es el objetivo del diálogo: permitir la discusión de todos los sectores del país, donde es necesario que no solo unos pocos participen ni se adueñen de la palabra, para convertirla en la simple formulación del brebaje fatuo y mecánico de los predecibles balances mediáticos.
Por su parte, la insurgencia aprovecho el escenario para evidenciar las diferencias a partir de su postura ideológica y su lectura política de la realidad que perciben. Aunque en ninguno de las intervenciones que escuchamos los colombianos aparecieron nuevas lógicas discursivas en su lenguaje.
Al tiempo, que en el simulado tono de un discurso pretendidamente mesurado y aséptico de curtido político, De La Calle repetía con escasa asertividad lo que después resonó en la prensa: “este es un proceso serio” y “el gobierno no es un rehén...”, sin ocultar como respuesta su descolocación ante las posiciones de las Farc-Ep.
Al parecer las estadísticas están lisiadas de su propio reflejo cuando son presentadas como argumentos frente a cualquier intento de diálogo con el Estado. Al tiempo, que cada día se empeñan a fondo el ejercito de tecnócratas del Gobierno Nacional en su tarea reinventar las cifras en las maquilas de las multinacionales, desde donde se construye el poder en Colombia.
A pesar del escenario, en Colombia amos y esclavos viven apaciblemente y su realidad parece estar condenada al silencio que ronda a la nación, así hoy estemos hablando de paz; por eso, esta fotografía da cuenta de la acostumbrada brutalidad canoníca de nuestros días, aunque los medios comerciales de información nieguen la realidad.
Nota
(1) BARTHES, Roland. “El placer del texto y Lección inaugural” (Descargar Aquí) de la cátedra de semiología literaria del Collège de France. Buenos Aires, Siglo XXI, 2003. pp. 111 – 150.
Fotografía: ©Hugsh, 2012. “Como si fuera la muerte”.
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