


No traigo cuerpo [para exponer]
Por. Victor Hugo
En la Biblioteca Luis Ángel Arango el aire acondicionado gotea sobre los cuadernos de los estudiantes. Afuera, en la séptima, el tinto cuesta mil quinientos pesos y el vendedor no sabe qué es un habeas corpus. Dentro, en la sala de exposiciones, los curadores sí saben: traen cuerpos, árboles, rollos de papel higiénico y discursos que huelen a barniz. Yo no traje cuerpo. Solo traje los zapatos con polvo de Barrancabermeja y la certeza de que en mi ciudad hay un árbol en el Paseo de la Cultura que expone más sin decir nada.
El templo y el lungo
En la BLAA, entre tanto cuerpo expuesto, había un brazo de reina. No el de un árbol: el de verdad, o al menos el que la exposición llamaba así. Yo me quedé quieto. Mi abuelo, Papá Chucho —José de Jesús Amaya Portillo para el registro civil—, hacía brazos de reina todos los días a las cuatro de la mañana en La Nevada, su bizcochería de Barrancabermeja. Llegó a la ciudad con mi abuela Inés Saldaña, se empleó como chef en los campamentos de la Tropical Oil Company hasta que se jubiló, y después levantó un horno que olía a mantequilla antes de que el petróleo oliera a dinero.
Los brazos de reina de Papá Chucho salían a repartirse por las tiendas de la ciudad antes del amanecer. No tenían ficha técnica. No había curador que explicara su textura. Eran pan, nada más: pan que se acababa antes del mediodía porque la gente volvía por ellos. Eso era un cuerpo expuesto: el de mi abuelo amasando en la madrugada, el de mi abuela envolviendo en papel periódico, el de los brazos de reina que nunca estuvieron en una vitrina pero que alimentaron a una ciudad.
Canclini nos enseñó que consumir no es pasivo. Comprar un brazo de reina en La Nevada era un acto de memoria. Aquí, en la BLAA, el brazo de reina está quieto, bien iluminado, con aire acondicionado. No se come. No se acaba. No huele a horno. Es cuerpo sin sudor, sin madrugada, sin abuelo.
Cualquiera pudiera decir —y aquí los curadores lo dicen todo— que la naturaleza se fagocita, que el árbol anticipa paradigmas, que la huella ecológica es responsabilidad social. Lo dicen con palabras que cuestan lo mismo que la entrada: nada, pero te cobran por salir. Yo no soy de la academia ni del templo del saber. Soy un simple lungo del arte, como dicen en mi tierra bermeja. Un diletante absorto que entra a la BLAA con el mismo respeto con el que un perro entra a una iglesia: reconoce el frío, pero sabe que el hueso está afuera.
Benjamin creía que la ruina devuelve al arte su materia. Aquí, la materia está bien acomodada: cuerpos en vitrinas, árboles en pedestales, rollos de papel blando en cajas de embolar. Todo limpio. Todo con ficha técnica. Todo muerto antes de tocarlo.
El árbol que no pidió permiso
En Barrancabermeja, en medio del Paseo de la Cultura, hay una seiba centenaria que no tiene curador. No tiene ficha. No tiene aire acondicionado. Está ahí, expuesto, desnudo, sin las fabricaciones que las curadurías erigen. Sus ramas no explican eurocentrismos ni taxonomías. Sus raíces no citan a Freud ni a Lacan. Solo agarran el cemento y beben lo que el río Magdalena deja cuando pasa.
Ticio Escobar escribió del arte de los no-lugares. Este árbol vive ahí: en el no-lugar donde el arte no necesita permiso para ser cuerpo. No es instalación. Es sombra. Es tronco. Es el lugar donde los excluidos se sientan sin que un guardia les pida boleto.
En Bucaramanga, la misma pregunta se hacía frente a un busto sin firma que daba sombra a quien vende minutos. El cuerpo expuesto, en esta tierra, siempre fue negocio de otro: del que pone la placa, del que escribe el discurso, del que cobra la entrada.
Lo que sobra
Nelly Richard decía que lo que sobra es lo que no entra en el museo. Este árbol sobra. Sobra porque no cabe en la vitrina. Sobra porque sus hojas no se traducen al inglés. Sobra porque abajo, en sus raíces, hay gente que no aparece en el catálogo de la BLAA pero que sí aparece en la lista de los que el río Magdalena se ha llevado.
Los críticos divagan en mazmorras teóricas. Hablan de metatextualidades, de intertextualidades, de doctoritis neurótica. Yo no entiendo. No quiero. En Barrancabermeja no se habla así ni siquiera en el velorio. Allí se habla con el cuerpo: con el sudor, con el trago, con el silencio que deja el ferry cuando pasa por el río.
El árbol no está a la sombra porque él y ella —el tronco y la ciudad— se hacen presente sin los rencores del olvido. Es testigo de una historia que nos señala hasta dónde están los excluidos, sin las grandilocuencias de los medios. Los medios que desdibujan hasta el olor de los muertos que hoy siguen bajando por el río Magdalena, mientras lo demás hace silencio.
En la BLAA, la exposición cierra a las seis. El aire acondicionado se apaga. Los cuerpos quedan en la vitrina, bien iluminados, bien muertos. En Barrancabermeja, el árbol sigue. No cierra. No se apaga. No pide entrada. Solo da sombra a quien no tiene dónde sentarse, mientras el río pasa con su carga de nombres que nadie pronunció en la inauguración.
¿Hay un árbol en tu ciudad que expone más que el museo? Ese cuerpo que no tiene curador, que no pide boleto, que solo da sombra... Muéstranos en los comentarios. La periferia se construye con esas raíces.
Fotografía: ©Artistas Zona, 2010. No traigo cuerpo [para exponer]. Barrancabermeja.