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martes, 12 de abril de 2016

PREMIO INTERNACIONAL DE FOTOGRAFÍA INGE MORATH


Fotografía Documental Femenina
Por. Victor Hugo

El 30 de abril cierra la convocatoria internacional del Premio Inge Morath, dirigido exclusivamente para jóvenes fotógrafas no mayores de 30 años, que tienen como propósito apoyar la realización de un proyecto documental.

Este importante premio internacional busca promover el trabajo que adelantan las mujeres comprometidas con la fotografía documental es administrado por la Foundation Magnum y tiene como objetivo estimular las nuevas generación de fotógrafas con conciencia social, en colaboración con la Fundación Inge Morath.

En el certamen puede participar las jóvenes fotógrafas de cualquier nacionalidad o lugar de residencia con una propuesta que debe incluir entre 40 y 60 imágenes, acompañadas de una sucinta descripción del proyecto, donde se debe plantear como el Inge Morath Award contribuirá con el desarrollo o la finalización de la propuesta. Así mismo, las interesadas deben presentar su currículum.

Puede consultar las bases (on line) y realizar la inscripción (on line).

Mayores informes: Premio Inge Morath. Correo: info@ingemorath.org. Web: ingemorath. ©Imagen suministrada por sus organizadores.

viernes, 6 de agosto de 2010

AQUÍ VIVE LA DEMOCRACIA: EL PENDÓN QUE MIENTE FRENTE AL CONGRESO



Por. Victor Hugo

El tinto cuesta mil pesos en la esquina de la Plaza de Bolívar. A cincuenta metros, el Congreso cuelga un letrero que dice: "Aquí vive la Democracia". El vendedor de café lo lee cada mañana mientras calienta el agua. No ríe. Ya se le acabó el chiste hace años, cuando los primeros congresistas de la parapolítica pasaron frente a su puesto sin pedirle nada, ni siquiera azúcar. 

El letrero que no respira 

El pendón blanco cuelga del balcón principal como quien cuelga la ropa limpia para que el vecino no vea la suciedad de la casa. Es grande, visible, bien planchado. Desde la Plaza de Bolívar se lee perfecto: letras negras sobre fondo blanco, el contraste de quien no tiene nada que esconder. Las palomas se posan en el borde inferior, indiferentes. No leen. Solo cagan. 

Debord decía que el espectáculo convierte la vida en imagen. Aquí, la imagen es un letrero que cuelga de un balcón mientras abajo se vende café a mil pesos y se negocian votos en los pasillos. La democracia, según el cartel, vive arriba. Abajo solo vive el vendedor, el guardia con el correaje brillante, y el olor a mojarra frita que llega desde la esquina. 

Lo que el cemento sabe 

Lo cierto es que en estos doscientos años, lo que menos ha representado el Congreso colombiano es la democracia. Los últimos ocho años de legislatura bastan. Parapolítica, paramilitares, congresistas procesados por la Corte Suprema, y Álvaro Uribe Vélez empeñado en distraer con pronunciamientos incendiarios que alimentan el odio y eclipsan la verdad. 

El Congreso que se posesionó el 20 de julio ya venía cuestionado desde marzo. Algunos de sus nuevos integrantes llegaron con el mismo polvo de los paramilitares en los zapatos. Zizek decía que hoy todos sabemos que mienten, y aplaudimos igual. Aquí no aplauden: pasan de largo, compran tinto, levantan la cabeza para leer el letrero, y siguen caminando. El cinismo no necesita ovación; solo necesita que el letrero siga limpio. 

La fachada que se lava 

El edificio no solo se lava por fuera. Se lava la conciencia a punta de discursos. Mientras tanto, las leyes que salen de ahí favorecen a quienes nunca compran tinto en la plaza: los que sacan oro y petróleo sin preguntar, los que hablan de inversión desde oficinas con aire acondicionado. El 60% del país vive en la pobreza, pero el letrero sigue blanco. 

En Bucaramanga, la misma pregunta se hacía frente a un busto sin firma que daba sombra a una vendedora de minutos. El poder, en todas partes, tiene la misma costumbre: poner letreros donde debería haber sombra. 

El sol se va. El vendedor recoge su termo. Las palomas se quedan en el letrero, blancas, quietas, cagando sobre la democracia. Abajo, el Congreso apaga las luces. El letrero sigue prendido. Nadie sabe quién paga la electricidad.
 
Foto: Hugsh. 2010©. Aquí Vive...

sábado, 10 de julio de 2010

BARRANCABERMEJA: HABEAS CORPUS




No traigo cuerpo [para exponer]
Por. Victor Hugo

En la Biblioteca Luis Ángel Arango el aire acondicionado gotea sobre los cuadernos de los estudiantes. Afuera, en la séptima, el tinto cuesta mil quinientos pesos y el vendedor no sabe qué es un habeas corpus. Dentro, en la sala de exposiciones, los curadores sí saben: traen cuerpos, árboles, rollos de papel higiénico y discursos que huelen a barniz. Yo no traje cuerpo. Solo traje los zapatos con polvo de Barrancabermeja y la certeza de que en mi ciudad hay un árbol en el Paseo de la Cultura que expone más sin decir nada. 

El templo y el lungo 

En la BLAA, entre tanto cuerpo expuesto, había un brazo de reina. No el de un árbol: el de verdad, o al menos el que la exposición llamaba así. Yo me quedé quieto. Mi abuelo, Papá Chucho —José de Jesús Amaya Portillo para el registro civil—, hacía brazos de reina todos los días a las cuatro de la mañana en La Nevada, su bizcochería de Barrancabermeja. Llegó a la ciudad con mi abuela Inés Saldaña, se empleó como chef en los campamentos de la Tropical Oil Company hasta que se jubiló, y después levantó un horno que olía a mantequilla antes de que el petróleo oliera a dinero. 

Los brazos de reina de Papá Chucho salían a repartirse por las tiendas de la ciudad antes del amanecer. No tenían ficha técnica. No había curador que explicara su textura. Eran pan, nada más: pan que se acababa antes del mediodía porque la gente volvía por ellos. Eso era un cuerpo expuesto: el de mi abuelo amasando en la madrugada, el de mi abuela envolviendo en papel periódico, el de los brazos de reina que nunca estuvieron en una vitrina pero que alimentaron a una ciudad. 

Canclini nos enseñó que consumir no es pasivo. Comprar un brazo de reina en La Nevada era un acto de memoria. Aquí, en la BLAA, el brazo de reina está quieto, bien iluminado, con aire acondicionado. No se come. No se acaba. No huele a horno. Es cuerpo sin sudor, sin madrugada, sin abuelo. 

Cualquiera pudiera decir —y aquí los curadores lo dicen todo— que la naturaleza se fagocita, que el árbol anticipa paradigmas, que la huella ecológica es responsabilidad social. Lo dicen con palabras que cuestan lo mismo que la entrada: nada, pero te cobran por salir. Yo no soy de la academia ni del templo del saber. Soy un simple lungo del arte, como dicen en mi tierra bermeja. Un diletante absorto que entra a la BLAA con el mismo respeto con el que un perro entra a una iglesia: reconoce el frío, pero sabe que el hueso está afuera. 

Benjamin creía que la ruina devuelve al arte su materia. Aquí, la materia está bien acomodada: cuerpos en vitrinas, árboles en pedestales, rollos de papel blando en cajas de embolar. Todo limpio. Todo con ficha técnica. Todo muerto antes de tocarlo. 

El árbol que no pidió permiso 

En Barrancabermeja, en medio del Paseo de la Cultura, hay una seiba centenaria que no tiene curador. No tiene ficha. No tiene aire acondicionado. Está ahí, expuesto, desnudo, sin las fabricaciones que las curadurías erigen. Sus ramas no explican eurocentrismos ni taxonomías. Sus raíces no citan a Freud ni a Lacan. Solo agarran el cemento y beben lo que el río Magdalena deja cuando pasa. 

Ticio Escobar escribió del arte de los no-lugares. Este árbol vive ahí: en el no-lugar donde el arte no necesita permiso para ser cuerpo. No es instalación. Es sombra. Es tronco. Es el lugar donde los excluidos se sientan sin que un guardia les pida boleto. En Bucaramanga, la misma pregunta se hacía frente a un busto sin firma que daba sombra a quien vende minutos. El cuerpo expuesto, en esta tierra, siempre fue negocio de otro: del que pone la placa, del que escribe el discurso, del que cobra la entrada.

Lo que sobra 

Nelly Richard decía que lo que sobra es lo que no entra en el museo. Este árbol sobra. Sobra porque no cabe en la vitrina. Sobra porque sus hojas no se traducen al inglés. Sobra porque abajo, en sus raíces, hay gente que no aparece en el catálogo de la BLAA pero que sí aparece en la lista de los que el río Magdalena se ha llevado. 

Los críticos divagan en mazmorras teóricas. Hablan de metatextualidades, de intertextualidades, de doctoritis neurótica. Yo no entiendo. No quiero. En Barrancabermeja no se habla así ni siquiera en el velorio. Allí se habla con el cuerpo: con el sudor, con el trago, con el silencio que deja el ferry cuando pasa por el río. 

El árbol no está a la sombra porque él y ella —el tronco y la ciudad— se hacen presente sin los rencores del olvido. Es testigo de una historia que nos señala hasta dónde están los excluidos, sin las grandilocuencias de los medios. Los medios que desdibujan hasta el olor de los muertos que hoy siguen bajando por el río Magdalena, mientras lo demás hace silencio. 

En la BLAA, la exposición cierra a las seis. El aire acondicionado se apaga. Los cuerpos quedan en la vitrina, bien iluminados, bien muertos. En Barrancabermeja, el árbol sigue. No cierra. No se apaga. No pide entrada. Solo da sombra a quien no tiene dónde sentarse, mientras el río pasa con su carga de nombres que nadie pronunció en la inauguración.

¿Hay un árbol en tu ciudad que expone más que el museo? Ese cuerpo que no tiene curador, que no pide boleto, que solo da sombra... Muéstranos en los comentarios. La periferia se construye con esas raíces.


Fotografía: ©Artistas Zona, 
2010. No traigo cuerpo [para exponer]. Barrancabermeja.

lunes, 19 de octubre de 2009

EL GOBERNADOR SERPA Y EL CABEZÓN: CRÓNICA DE UN BUSTO SIN FIRMA





Por Victor Hugo 

La vendedora de minutos se sienta todos los días a la sombra de una cabeza de bronce que no pidió y que nadie le compró. El busto de Luis Carlos Galán, inaugurado por Horacio Serpa en el vigésimo aniversario de su muerte, no tiene firma de autor ni sombrilla propia. Pero tiene sombra: la suficiente para que una mujer cobre 100 por minuto bajo la mirada inmóvil del caudillo asesinado. En Bucaramanga, eso es lo único que funciona en la Plaza Cívica que lleva su nombre. 

El escenario del absurdo 

La plaza nació a finales de los ochenta como una "renovadora" idea de la élite local. Surgió menos de urbanismo que de necesidad de escenario para medir fuerzas con el adversario. Flanqueada por el Palacio de Justicia, la Iglesia de San Laureano y los edificios de la Alcaldía y la Gobernación, la plaza ostenta una distinción ridícula: es quizás la única en el mundo que termina abruptamente en una pared. Este muro no solo fractura el espacio; anula el sentido mismo de su propuesta arquitectónica. 

Años después, el alcalde Jaime Rodríguez Ballesteros quiso instalar una escultura de Edgar Negret. A la "creatividad" política se le ocurrió usar ese muro como soporte. Terminó siendo el orinal público más caro del centro. 

Barthes decía que lo obvio es lo más peligroso. Esta plaza lo demuestra: nadie cuestiona por qué una plaza termina en pared, ni por qué una pared huele a orín. Lo obvio aquí es que el absurdo se volvió mobiliario urbano. 

Memoria y sangre: como si no fuera ayer 

El nombre es un homenaje de Serpa a Galán, el caudillo del Nuevo Liberalismo asesinado el 18 de agosto de 1989 en Soacha. El cartel de Medellín, en oscura connivencia con sectores estatales, ejecutó el magnicidio. Eran tiempos de ceniza. La izquierda colombiana sufría un genocidio sistemático a manos de grupos narcoparamilitares entrenados por el mercenario israelí Jair Klein. Antes y después de Galán, cayeron Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez. En Bucaramanga, el médico y exmiembro del M-19 Carlos Toledo Plata fue acribillado en 1984. La plaza está cimentada sobre esa tragedia. 

Pero el cemento no recuerda. El cemento se agrieta y huele a orín. 

Derrida hablaba de espectros. Galán, en esta plaza, es exactamente eso: un fantasma que no pidió permiso para sentarse en el centro de Bucaramanga. No hay cuerpo, no hay gesto, solo una cabeza desproporcionada que mira hacia ningún lado mientras el sol quema los adoquines. 

En febrero de 2009, apenas tres meses después de que este espacio naciera, ya se preguntaba frente a la estatua de los fundadores —ahí, en la Alcaldía— si el arte en esta ciudad era simple decoración del poder, homenaje a la infamia o el truco colonial de siempre: ponerte un conquistador en la puerta para que camines con la mirada en el piso. Bhabha decía que la imitación incomoda porque le sobra dignidad. Aquí sobra lo contrario: sobra miedo. Nueve meses después, la pregunta encontró respuesta en bronce: una cabeza desproporcionada que ni siquiera firma su autor.

El asalto a la estética 

El clímax llegó con el vigésimo aniversario del asesinato. El gobernador de turno inauguró la escultura de la cabeza de Galán… perdón, el busto. El golpe visual fue tal que la ciudadanía, con su instinto para el bautizo popular, redefinió el referente. "Nos vemos en El Cabezón", dicen ahora los bumangueses. 

Benjamin creía que la ruina devuelve al arte su materia. Este busto lo confirma: su materia es bronce, su destino es sombra, su función es cobertizo. Aunque el gobernador crea que su "noble intención" será orgullo para los siglos, lo más probable es que le espere el destino de tantas otras obras en Bucaramanga: convertirse en transeúnte incómodo que deambula de plaza en plaza hasta terminar arrinconado en alguna esquina olvidada. 

El busto ni siquiera ostenta la firma de su autor. No sabemos si es por vergüenza ante semejante "cabezazo" o por estricto protocolo, para que el único nombre que resalte sea el de Horacio Serpa Uribe. 

La vendedora guarda el celular y se va cuando el sol baja. El busto se queda, sin firma, sin sombrilla, sin nadie que lo mire de frente. Solo la sombra se mueve, lenta, hacia la esquina donde una notaría cobra por firmar lo que el gobernador olvidó autenticar. En Bucaramanga, la única firma que pesa es la del que paga.

¿Hay un "Cabezón" en tu plaza? Esa estatua que nadie pidió, que el alcalde inauguró con cinta y que ahora solo da sombra a quien vende lo único que funciona: minutos de celular. Muéstranos en los comentarios. La periferia se construye con esas sombras.

Fotografías: ©ArtistasZona, 2009. 

1 y 2. El Cabezón. 
3. Panorámica de la Plaza Luis Carlos Galán. 
4. La Pared: escultura-orinal. 
5. Nuevos usos sociales: cabeza es cabeza, una sombra bajo el sol. 

jueves, 19 de febrero de 2009

EL ARTE Y LA HISTORIA




Fundadores de Bucaramanga: bronce, espada y el tinto que nadie les ofreció
Por Victor Hugo.

El bronce pesa tres toneladas y huele a nada. Los fundadores de Bucaramanga —conquistador, fraile, indígena con cuchillo de madera— vigilan la entrada de la Alcaldía desde hace años sin que nadie les haya ofrecido un tinto. Ni siquiera en el Bicentenario, cuando la ciudad se vistió de papel crepé y discurso para celebrar lo que ellos supuestamente iniciaron. A tres metros, una señora vende arepas de huevo a mil quinientos pesos. Los fundadores no compran. No comen. No fundaron nada: solo ocupan el espacio donde podría haber una sombra útil. 

La pregunta no es quién los hizo. La pregunta es quién los pidió. 

Frente a la Alcaldía, bajo el sol que quema el cemento, la estatua funciona como decoración de oficina gigante. No es monumento; es mueble. Los turistas le toman foto porque está ahí, no porque sepan los nombres. Los funcionarios pasan de largo. Los perros, en cambio, sí se detienen. 

Barthes decía que lo obvio es lo más peligroso. Esta estatua lo demuestra: nadie cuestiona por qué un conquistador con espada sigue de pie frente a la casa del alcalde en pleno siglo XXI. Lo obvio es que el bronce no discute. No pide presupuesto, no vota, no reclama cuando la lluvia le oxida la nariz. Es el empleado público ideal: presente, inmóvil, eternamente de guardia. 

Canclini nos enseñó que consumir no es pasivo. Pero aquí nadie consume: solo soporta. La estatua no se vende, no se mira, no se discute. Es el único producto del bicentenario que no devuelven porque no tienen a quién reclamar. El fraile lleva años en guardia sin que nadie le confiese. El conquistador blande una espada que nunca conquistó nada: ni una sombra, ni una mirada, ni un tinto. El indígena alza el cuchillo de madera contra un enemigo que ya ganó hace quinientos años y sigue ganando cada vez que un concejal aprueba otra estatua sin preguntarle al barrio. 

¿A quién le sirven los creadores? En esta esquina, sirven a quien paga el bronce. Y el que paga el bronce no es el de la arepa de huevo. Es el que nunca come en la calle. Ticio Escobar escribió del arte de los no-lugares. Esta estatua vive ahí: en el no-lugar donde el arte público se convierte en mobiliario urbano que nadie pidió pero todos pagan con el impuesto y el silencio. 

La pregunta seguía en el aire. Nueve meses después, en la plaza Galán, encontraría respuesta en otra cabeza de bronce que tampoco nadie pidió.

El sol baja. La señora recoge la arepa que sobró. Los fundadores se quedan, verdes, firmes, inmóviles, mientras la Alcaldía apaga las luces y el bicentenario sigue en otra parte. Nadie les dejó la llave. Nadie les pidió que se quedaran.

¿Hay unos fundadores de bronce en tu plaza? Esa estatua que nadie pidió, que el alcalde inauguró con cinta y que ahora solo sirve de referencia para dar direcciones... "dobla donde están los conquistadores". Muéstranos en los comentarios. La periferia se construye con esas direcciones.

Fotografía: ©ArtistasZona, 2009. Alcaldía de Bucaramanga. Estatua de los fundadores de la ciudad. Espacio público.