jueves, 18 de junio de 2026

EL MONUMENTO INVISIBLE: EL SILENCIO DE LUMUMBA EN EL COLISEO DEL CAPITALISMO

El diente de oro de Lumumba volvió a brillar el miércoles, no en un museo, sino en la mirada imperturbable de un artista que se negó a ser parte de la sociedad del espectáculo. Como el papel de la crítica es amplificar la potencia del concepto sin que se pierda la voz ni la urgencia desde el territorio, en esta obra se evidencia como nunca ese pulso entre la memoria histórica y la resistencia estética. 

El miércoles 17 de junio, mientras el Houston Stadium de Texas rugía ante el empate 1-1 entre la República Democrática del Congo y Portugal en la Copa Mundial de la FIFA 2026, ocurrió el verdadero acontecimiento de la jornada. No estuvo en los pies de los futbolistas, sino en la inmovilidad absoluta de un artista congoleño. 

Durante los 90 minutos del encuentro, rodeado por una masa eufórica, el creador permaneció petrificado en un acto de presencia radical, de contra-monumentalidad viva. No era una estatua de un 'sapeurs' viviente de calle de fines turísticos; era un contramonumento erigido a la memoria de Patrice Lumumba, el héroe nacional y primer ministro de la naciente República del Congo, asesinado en 1961 bajo el auspicio de las potencias occidentales. 

De la Elegancia Subversiva al Exotismo Consumido 

Un elemento crucial de la acción radica en la vestimenta del artista: iba ataviado como un sapeur, miembro de la mítica La Sape (Société des Ambianceurs et des Personnes Élégantes). Para las audiencias occidentales, atrapadas en el consumo del exotismo cultural, la presencia del sapeur suele interpretarse como una pintoresca extravagancia del África profunda. Sin embargo, el artista activa aquí la verdadera raíz de este movimiento nacido en la época colonial: una sofisticada estrategia de resistencia política. 

El sapeur se apropia de los códigos de la alta costura del colonizador para disputarle el estatus y subvertir su narrativa de superioridad. Al plantarse con esa elegancia impecable y desafiante en medio del coliseo tejano, el artista mofaba la mirada folclórica del primer mundo. Su ropa no era un disfraz para el entretenimiento masivo; era la armadura estética de un “dandi” revolucionario que reclamaba dignidad e historia. 
La Estética del Silencio vs. El Espectáculo Sadomasoquista 

La genialidad de este performance radica en su radical economía de medios. En el arte contemporáneo reciente —pensemos en la controvertida participación de Florentina Holzinger en la Bienal de Venecia 2026—, la denuncia política parece atrapada en la necesidad del shock: la agresión al propio cuerpo, el desnudo explícito y el espectáculo sadomasoquista. Pareciera que para conmover al espectador hoy en día se necesita derramar sangre real sobre el escenario.;

No necesita desnudarse ni autolesionarse para encarnar el dolor. Al permanecer inmóvil durante 90 minutos en el Houston Stadium, se convierte en un cuerpo-testigo que desafía la arquitectura del olvido. Su silencio testimonial es más ensordecedor que cualquier grito porque logra un acto de resistencia infinitamente más perturbador: es la materialización de la ausencia de Lumumba, cuyo cuerpo fue borrado por el ácido, pero cuya presencia política persiste. Al elegir la inmovilidad en medio del movimiento frenético del fútbol, el artista desacelera el tiempo y obliga al espectador a confrontar una historia que el Occidente deportivo prefiere ignorar. No hay catarsis fácil; hay una pregunta incómoda: ¿qué significa celebrar la “libertad” en el país que orquestó el asesinato de un líder independentista?

El Cuerpo como Archivo Histórico 

Recordar a Lumumba en Texas no es una coincidencia folclórica. Es un acto de restitución histórica. A Lumumba lo asesinaron a los 35 años; su cuerpo fue disuelto en ácido para borrar su rastro del mapa, dejando como única reliquia un diente de oro que tardó décadas en regresar a su tierra. Al plantar su cuerpo inmóvil en el estadio, el artista congoleño realiza una transustanciación: el cuerpo del artista se vuelve el cuerpo de Lumumba, y su inmovilidad denuncia el intento fallido del imperialismo por disolver su memoria. Hoy, ese espíritu no solo acompaña el ímpetu de Los Leopardos en la cancha; habita el espacio público global. 

La escala de su memoria es planetaria: desde la lucha en el corazón de África hasta la academia internacional, como lo demuestra la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos (históricamente conocida como la Universidad Patricio Lumumba), que ha albergado a estudiantes de más de 150 países bajo el ideal de la descolonización. 

Otra mirada 

Mientras el mundo miraba el balón, el arte miraba a la historia. Este performance desplaza el foco de la distracción masiva para confrontarnos con el trauma histórico no resuelto. Es la demostración de que el arte no necesita de la pirotecnia del horror para ser subversivo. A veces, en la era del Hipermodernidad, hiper-ruidosa e hiper-violenta, quedarse completamente inmóvil y en silencio en el corazón del imperio es el mayor acto de rebelión posible. 

Aquí hay una inteligencia conceptual que supera el gesto fácil. El performance evita caer en dos trampas: la del martirio estetizado (no hay sufrimiento exhibido) y la del activismo panfletario (no hay consignas). En cambio, opera por desplazamiento contextual: lleva la memoria de Lumumba al corazón del imperio, al estadio texano donde se decide quién gana en la cancha, mientras se silencia quién perdió en la historia. Además, la referencia a la Universidad Patricio Lumumba en Rusia añade una capa geopolítica: el legado del líder congoleño sigue vivo en espacios alternativos al bloque occidental. 

Sin embargo, debo señalar un riesgo: la inmovilidad total en un estadio masivo puede ser leída como pasividad o incluso como espectáculo de la derrota. ¿El público lo interpretó como homenaje o como rareza exótica? El éxito de la pieza depende de si logró activar una grieta en la conciencia del espectador o si fue simplemente consumida como una curiosidad más del medio tiempo. Compararlo con la obra de Holzinger en Venecia es acertado: mientras ella usa el dolor explícito como provocación, este artista congoleño opta por la contención estoica. Ambos son válidos, pero el gesto de Houston es más sutil y políticamente situado: no denuncia desde la distancia del museo, sino desde el mismo terreno donde el imperio celebra su poder blando. 

Estamos ante un performance necesario que reivindica la potencia del silencio como lenguaje político. No es un homenaje pasivo: es una ocupación simbólica del espacio enemigo. El artista no pide permiso, no explica, no se disculpa. Solo está. Y en ese estar, el fantasma de Lumumba recorre el estadio. La pregunta que queda es si ese fantasma será recordado hoy, cuando las gradas se vacíen y el marcador del 1-1 sea lo único que los titulares recojan. Ahí reside la verdadera batalla del arte: no en el gesto en sí, sino en su capacidad de perdurar en la memoria colectiva más allá del evento. 

Imagen: La Nación.

viernes, 12 de junio de 2026

EL OPROBIO DE DECIRNOS LA VERDAD: EL ARTE COMO COMPARSA DEL PODER

"Claro que sí, señora Vicky Dávila. Hagamos ese mural artístico, y no lo pongo entre comillas porque justamente eso hace el arte: genera emociones, transgrede sensibilidades y despierta realidades". — Aida Quilcué 

Nunca habíamos atravesado tiempos tan definitivos como los actuales. Sin embargo, la ceguera ante el horizonte y el salto al vacío nos confieren una certeza: el engaño demoledor de un poder que, día tras día, empuja a nuestra civilización al precipicio. Al mismo tiempo, los medios masivos de información cristalizan discursos apocalípticos que nos pretenden acomodar como espectadores impertérritos de "tormentas inevitables"(1). 

Para el relato oficial de la corporocracia del Foro Económico Mundial, los ciudadanos somos los culpables de un pecado original por no seguir el ejemplo de una sociedad esquizoide, excluyente y xenófoba, que hoy decide desempolvar sus nacionalismos fascistas y las cruzadas religiosas del pasado —ahora por el petróleo—. 

Los ministros de esta fe neoconservadora y neoliberal nos llaman a la resignación frente a la oscura suerte que nos persigue. Nos exigen no rebelarnos contra el catecismo autorizado por las multinacionales y certificado por los canales de entretenimiento, cuyo único predicamento es que solo ellos tienen derecho a la libertad. 

Desde esta perspectiva, el concepto de "libertad" ha servido para saquear los recursos naturales del Sur Global, quebrar los Estados que practican la soberanía, invadir territorios en nombre de la democracia y ridiculizar al "otro" bajo el argumento del exotismo cultural, negándole una cosmovisión propia.

Colombia: El simulacro democrático y la paz estética 

En Colombia, la sombría herencia de occidente se traduce en una plutocracia corrupta donde el poder se hereda por apellidos. El "puro cuento democrático" se legitimó mediante la estrategia del miedo, la compra de votos y el espionaje electrónico —prácticas perfeccionadas durante la era del expresidente Álvaro Uribe Vélez y que hoy están a la luz del día—. La mejor evidencia es la huida de sus "buenos muchachos" (María del Pilar Hurtado, Andrés Felipe Arias, Luis Carlos Restrepo y Luis Alfonso Hoyos), colaboradores que evadieron la justicia para no confesarle la verdad al país y la compra del malware Pegasus a los sionistas de Israel. Una estrategia idéntica a la de las oligarquías de Argentina, Bolivia, Ecuador, Chile o Perú, apoyadas por el presidente Donal Trump, quien interviene en las elecciones y nos impone la doctrina Donrroe.

A pesar de este panorama, se nos vendió la idealización de la paz como un estado catártico, mientras las condiciones objetivas para construirla quedaban lejos de la realidad. Nos abrieron la puerta a una esperanza pírrica: silenciar los fusiles para posibilitar la inversión extranjera. Es decir, a menor resistencia social, mayor certidumbre financiera para las multinacionales, siempre y cuando los sectores populares permanecieran controlables mientras se subía el IVA al 19%, se exoneraba de impuestos a los industriales y se abría paso al fracking (—en Puerto Wilches con la Exxon Mobil).

¿De qué paz hablábamos? Los verdaderos gestos de paz debieron ser estructurales: salarios dignos, reforma agraria real en tierras fértiles (no los predios baldíos que entregaba el Incoder Agencia Nacional de Tierras), educación pública de calidad, soberanía sobre los recursos frente a concesiones leoninas como Drummond, Cerro Matoso, entre otras, y una justicia eficaz que prohibiera la casa por cárcel para los corruptos. 

El silencio Mefistofélico 

¿Y ante estas realidades qué ha dicho el arte institucionalizado? Nada. Y aquí radica nuestro mayor oprobio. 

Mientras el país se desangraba en el simulacro, los Mefistófeles de la cultura sostenían la camándula o el amuleto con una mano y, con la otra, firmaban los contratos del ministerio de Cultura, gobernaciones y alcaldías. El panorama artístico institucional se ha esmerado en solidificar una política que convierte a los artistas colombianos en los saltimbanquis contemporáneos del discurso oficial. Los creadores se transformaron en bufones amansados por el presupuesto estatal. 

Al mismo tiempo, la curaduría oficial apela al cómodo argumento del "placer estético" o a un conceptualismo higiénico para legitimar sus exposiciones. Todo esto sin abandonar las razones comerciales, las ferias de arte decorativo y las correctas conveniencias con las que se reparten premios, becas y reconocimientos a quienes no incomodan al patrocinador. El arte en Colombia se convirtió en el maquillaje humanista de la marcha institucional. 

Finalmente, los colombianos nos hemos develado como un público dúctil, maleable y desinformado; un espectador cuya única valentía consiste en sentarse frente al televisor a recibir un baño del más plácido sadomasoquismo mediático. Consumimos melodramas y reality show de la televisión que hacen "Metástasis" en la conciencia, endiosamos la precaria estética de la cultura mafiosa y aceptamos la sumisión machista como el prime time de nuestra nueva religión. 

La paradoja del circuito 

Mientras Aida Quilcué (una lideresa social e indígena) defiende que el arte debe "transgredir sensibilidades y despertar realidades", el circuito artístico institucionalizado (los curadores, los jurados, los becarios) hace exactamente lo contrario: anestesiar, acomodar y volverse cómplice del silencio. 

Si el arte no es capaz de romper este espejo de complacencia, entonces no es arte; es solo mercancía o, peor aún, propaganda silenciosa. ¿De verdad el arte en Colombia está despertando realidades, o solo está maquillando el desastre? 

Fotografías: ©ArtistasZona. “Sentido pésame mundo”, 2015. Nota editorial: Este artículo fue originalmente publicado en 2015 y se ha decidido republicar con adiciones conceptuales de la coyuntura actual.

Notas: 

1. “Tormentas inevitables”: Sintagma de la declaración del expresidente Juan Manuel Santos al término del taller con autoridades sobre el virus del chikunguña, el 7 de enero de 2015.