La curaduría esta de moda
Por. Victor HugoToda suerte de conceptos y posturas epistemológicas entraña hoy la labor del curador; disimiles puntos de vista se debaten cuando se habla de las metanarrativas con las que se debe abordar los discursos curatoriales.
También, es motivo de profundos y reflexivos estudios deontológicos las excelsas calidades de los egregios de elevada conciencia e iluminada inteligencia, quienes se han dado a la encomiable tarea de ordenar, señalar y desentrañar los caminos del arte y, por supuesto, del mercado.
Las posiciones van desde el típico escepticismo que enfrenta al artista con las inhóspitas realidades del campo del arte hasta megalomanía ecléctica del enciclopedismo contemporáneo de quien ha logrado sobrepasar el umbral de emergente y tiene la posibilidad de entrar al juego.
Sin embargo, hay algunos descarriados que no entienden ni nadie se ha dado a la noble tarea de hacerlos entrar en razón sobre las bondades del funcionalismos premoderno y el estado feudal que aplica sobre el campo del arte, donde el negocio no esta en el excepcional rigor del oficio, sino en la dinámica del mercado, la coyuntura política y el inalterable ritmo de la actualidad que imponen los medios comerciales de información, quienes lanzan los nombres de las nuevas promesas artísticas para “enriquecer” el panorama.
En el campo artístico los apellidos construyen la esfera escénica por la que transitan las vedettes de nuestra intelectualidad dedicadas al sagrado e incuestionable quehacer de estandarizar el trabajo del artista, con el propósito de mantener intactas las estructuras de la institucionalidad y no dejar resquebrajar por fisura alguna ese mundo ideal, en el que “canutillos y lentejuelas” se pasean sobre las pasarelas del arte, incólumes e impolutas, donde los reconocimientos, estímulos, premios y becas se reparten entre amigos de la misma escuela.
A pesar de ello, los desafortunados sátrapas, que en cualquier parte podemos encontrar en sus diversas presentaciones y de las más variadas especies, también son necesarios pese a ser incomodos practicantes del vegetarianismo y hasta abstemios unos, radicales a ultranza y mamertos de convicción otros, son quienes dan la razón de ser a nuestros inspirados y esclarecidos visionarios del arte que afortunadamente pululan en las instituciones y ministerios interviniendo proféticamente ante los embates de quienes tratan de imponer la anarquía del pensamiento.
Lo que sobra
En Barrancabermeja, hace cuatro años, un lungo del arte ya se preguntaba frente a un árbol del Paseo de la Cultura si el cuerpo expuesto necesitaba curador para ser arte. La pregunta sigue en el aire. En cualquier inauguración, la respuesta es un brindis con vino ajeno.
Nelly Richard escribía sobre residuos y lo que sobra. En este mercado como en la esfera pública, sobra el artista sin apellido conocido. Sobra el que no entiende de discursos largos pero sí de mezclar cemento con sudor. Sobra el que vende la obra por fuera, en la calle, sin catálogo, sin curador, sin mesa redonda. Sobra el que mira la inauguración desde la ventana del bus porque el vigilante no lo dejó entrar.
En el norte de Bogotá, una caja de conexiones telefónicas fue pintada por un artista urbano. Nadie firmó el catálogo. Nadie brindó. Al fondo, los obreros de la construcción pasan de largo con el casco en la mano. Ellos sí entienden de cemento. Ellos sí entienden de soportes. El mercado llama a esto "nuevos soportes". La calle lo llama caja telefónica con pintura. Y sigue ahí, sin aire acondicionado, sin curador, sin treinta mil pesos de entrada.
Fotografía: Hugsh, 2014©. Mire A Ver, Nuevos Soportes
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