No hay más remedio: hoy hemos entendido que es mejor acomodarnos en el relativismo moral de esta febril sociedad que premia a quien peca, reza y empata cada domingo en los templos. Mientras tanto, saboreamos dulcemente las telarañas adheridas al alma que nos negamos a limpiar, al tiempo que enloquecemos con los nuevos discursos que nos invitan a «expandirnos», como la promesa hermética de un ascenso social que repetimos como un mantra antes de vendernos.
«Las palabras son fugaces; pasan a toda prisa como los fantasmas que nos persiguen por miedo al olvido. Por eso, nuestro horizonte de sucesos devora la luz y la materia queda suspendida en el espacio-tiempo por la ruptura de nuestra propia singularidad.»Fotografía: ©ArtistasZona, Junio de 2025.

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