El paisaje no es solo el territorio continente habitado por un sistema de organismos ordenados y dispuestos como un patrón donde todo encaja (ese ordo o secuencia de colocación formal, armoniosa o sustentable que llamamos ecosistema); ni una simple realidad extendida en continuo movimiento, que revela una función propia y tiene un inevitable ciclo; aquel en el que habita la estructura sociopolítica de la horda y es construido bajo la intensidad de su mirada.
También esa superficie es más que el inhóspito, profuso y desconocido mundo para la conservación; territorio que modelamos como escenario del intercambio simbólico, de esos arquetipos que anclan y le dan sentido a las formas y rituales que hemos creado como sociedad y con los que nos relacionamos con él, porque emerge del reconocimiento de la mirada al elegir hacia dónde la dirigimos y qué delimitamos en ella.
El paisaje no es mero territorio continente ni un patrón armónico donde todo encaja bajo el rótulo pacificador de «ecosistema». Tampoco es esa superficie inerte que la estructura sociopolítica observa desde lejos. El paisaje es, ante todo, el escenario de un intercambio simbólico: una trama de arquetipos y rituales que cobra sentido en el acto político de elegir hacia dónde dirigimos la mirada y qué decidimos delimitar con ella.
Por su parte, en Occidente se referían a los “bellos pedazos de país”, como lo señaló el pintor y tratadista barroco de origen italiano Vicente Carducho (Florencia, 1576 – Madrid, 1638); mientras algunos lo percibían como eso que está lejos, un “ornamento y sin necesidad”, así lo describe el reconocido humanista español Alonso López “Pinciano” (1547-1627). Posteriormente, este concepto sería abordado plenamente en el Renacimiento italiano.
Frente a la aparición de la palabra “paisaje” existen muchas versiones; en este punto algunos indican que es muy probable que surgiera en 1708 en la novela La gitanilla del gran Miguel de Cervantes Saavedra, al describir sus impresiones de la región de Flandes, que luego, bajo el pincel del pintor flamenco Joachim Patinir, comenzaría a materializarse la representación sobre el paisaje, por nombrar uno, y ni qué decir de las obras del holandés Johannes Vermeer van Delft o el veneciano Giovanni Antonio Canal (Canaletto).
Hoy, bajo la mirada del eurocentrismo se señala como origen etimológico al galicismo paysage y lo ubican en el s. XVIII; por su parte, los holandeses y los anglosajones asumen el vocablo landscape, pero para los alemanes surge el término Landschaft y los italianos no se quedan atrás y apuntan al paesaggio.
Dentro de la contemporaneidad, una destacada tendencia que explora el paisaje es el land art o earth art, con sus esculturas site-specific, que emergió a finales de la década de 1960; este llamado arte de la tierra o ambiental escenifica intervenciones efímeras sobre el paisaje, muchas de ellas con elementos encontrados en su entorno. Robert Smithson, Nancy Holt, Christo y Jeanne-Claude, Andy Goldsworthy, Richard Long, Michael Heizer, Olafur Eliasson, Eberhard Bosslet, Walter De María, Nicolás García Uriburu y Agustín Ibarrola son algunos de sus artistas.
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| Ver artículo: ¿Street art en Barrancabermeja? |
Si la tradición oriental del shan shui (agua-montaña) concibió el paisaje como una búsqueda contemplativa del ser, y el Renacimiento europeo lo redujo progresivamente a «bellos pedazos de país» u ornamento distante, la contemporaneidad —a través de prácticas como el land art y las intervenciones site-specific— nos obliga a desmantelar esa distancia contemplativa. El paisaje contemporáneo no se contempla; se padece, se interviene y se habita como memoria en conflicto.
Entre garzas e iguanas: lo iconográfico
En Barrancabermeja, que vive bajo las imposiciones de sus bubble filters, hay una profunda fascinación por las garzas; quizás su estilizada figura, su particular forma de caminar en la orilla del río y cómo se relacionan con los porteños ha generado en los barranqueños cierta atracción por ellas; por esta razón, se podría señalar que en uno de cada cinco hogares hay alguna imagen u objeto artesanal que las representa.
Igual ocurre con las iguanas, tanto así que frente al céntrico parque Uribe había un establecimiento comercial que llevaba su nombre y era muy visitado al caer la calurosa tarde barranqueña; en este popular lugar de encuentro, donde solo se escuchaba la deliciosa salsa, se podía divisar lo que era el Caño Cardales y observar cómo, con el cadencioso andar de este reptil endémico de Centro y Suramérica, se paseaban entre las ceibas.
Sin embargo, fue recién después del 23 de julio de 2007, cuando el uribista ultraconservador Javier Genaro Gutiérrez Pemberthy —vinculado a los escandalosos hechos de corrupción que se presentaron durante el montaje de la Refinería de Cartagena (Reficar), donde se perdieron más de 8.000 millones de dólares, y quien era presidente de Ecopetrol por esa época—, adoptó el icono de la iguana como imagen corporativa de la empresa, que este se popularizó rápidamente en el puerto petrolero.
Por eso hoy los artistas barranqueños se apropiaron de esta iguana y la pintan por doquier, sin que medie investigación histórica alguna, ni lecturas interpretativas, ni connotaciones, ni cuestionamiento sobre el porqué de su uso; mucho menos para resignificarla, al tiempo que decidieron abandonar la búsqueda de nuevas representaciones o estrategias de presentación de la iguana como icono.
En este contexto se advierte que fue adoptado rápidamente por los barranqueños después de la amplia inversión publicitaria desplegada por Ecopetrol, empresa que nos pertenecía a todos y fue arrancada del alma de los colombianos por Álvaro Uribe Vélez para privatizarla, la cual buscó valorar su nueva marca al tiempo que escondía una historia espeluznante que, no obstante, le sirvió para lavar su imagen y adoptar una postura ambientalista, igual que hizo con el abandonado “Cristo Petrolero”.
A pesar de ello, Ecopetrol se empeñó en que la gente olvidara las profundas huellas de los impactos ambientales generados durante el establecimiento de la exploración, la producción y el refinamiento del crudo, como aún se observa en la céntrica Ciénaga Miramar y otros espejos de agua que rodean la ciudad, que se deterioran rápidamente por las pésimas decisiones ambientales adoptadas por su clase política, muchas de ellas para ocultar y minimizar los desastres de la industria petrolera y las multinacionales que aún saquean nuestra tierra y mantienen esa deuda con la ciudad.
Construimos sueños, negamos realidades
Si aceptamos lo que señala el psicólogo norteamericano James Jerome Gibson al abordar de manera crítica la teoría de la percepción, y que concluyó que esta no se produce sin “una superficie continua de información básica”, lo que de cierta forma echa por tierra la visión aristotélica de que la razón no es fiable y donde son los sentidos los soportes del conocimiento: “Nada hay en la mente que no haya estado antes en los sentidos”. ¿Pero es posible percibir sin memoria?
En este sentido debemos reiterar el punto de partida: el paisaje no es solo el territorio continente habitado por un sistema de organismos ordenados y dispuestos como un patrón donde todo encaja; ni una simple realidad extendida en continuo movimiento, que revela una función propia y tiene un inevitable ciclo; todo ello edificado por la estructura sociopolítica de la horda, construido bajo la intensidad de nuestra mirada, pulsión que nos lleva a ser sujetos implicados que narran sus historias.
Si entendemos el paisaje como algo más que una porción de superficie —es decir, como territorio construido, percibido e imaginado—, entonces es más que volúmenes, luces o entrelazamientos dispuestos en relación con un entorno: también es memoria. Desde esas perspectivas, lo contemporáneo quizá nos propone la aproximación a nuestra realidad como un sujeto implicado que narra aquello que lo punza excesivamente y que, de forma dolorosa, le proporciona conocimiento o placer, donde la memoria, es decir, esa carga histórica que lleva dentro, le permite reflexionar y hacer lecturas de su presente, no desde la nostalgia contemplativa o la conmiseración judeocristiana occidental, sino desde la que nos provoca el aquí y el ahora y es capaz de repensarnos en el futuro.
De tal manera que, en un recorrido aleatorio por diferentes barrios de Barrancabermeja, encontré reiteradamente en las paredes de algunas viviendas, en los jardines interiores o patios, elementos artesanales utilizados para construir algún tipo de escenas que evocan un cierto paisaje idealizado pero que, de alguna forma, reflejan nuestros fantasmas y realidades.
Mientras que desde la Secretaría de Cultura Distrital, a cargo de Alexis Guerrero Sánchez, y bajo la administración de su alcalde Jonathan Stivel Vásquez Gómez, intentan imponer una visión aséptica, plagiada, de un paisaje vacío: esa noción simplista y efectista del atardecer turístico. Quizás esta pretensión revela el profundo deseo de la clase política: ver a los barranqueños como turistas en su ciudad, no como ciudadanos que la interpelan.
En este sentido, las imágenes sintomatológicas revelan paisajes populares impuestos por la moda o una tendencia que se extendió hace escasos años en la ciudad, con los que se identificaron los barranqueños; la idea era armar ciertas escenografías, compuestas de muy variados materiales y objetos artesanales e industriales, como reproducciones artificiosas de plástico; escenas que nos narran historias y funcionan como objetos escultóricos.
Así como esos paisajes construidos, algunos mutilados, ensombrecidos, sin tiempo, muy distópicos unos o redundantes otros, como jardines donde conviven flores artificiales y naturales, así es esta cálida ciudad que aún empieza a vivir en medio de sus propias tragedias e hipocresías, pariendo mentiras, pero con ganas de utopías.
Fotografía: ©ArtistasZona. Barrancabermeja, abril de 2024.
1. Ellos siguen ahí, entre los susurros del alma
2. “To Be or Not to Be”, Mi querida Daniela.
3. El atardecer es otro.




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