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jueves, 9 de abril de 2026

9 DE ABRIL, LOS INNOMBRABLES: DESPLAZAMIENTO Y VIOLACIÓN DE DERECHOS HUMANOS

Mientras usted lee estas líneas desde la comodidad de su hogar o frente a una pantalla, la realidad afuera es devastadora: hoy, el mundo enfrenta la mayor crisis de desplazamiento de la que se tenga registro. Según los informes más recientes de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), la cifra de personas forzadas a huir ha superado la barrera de los 117 millones.

Este dato más que una estadística es una bofetada a la conciencia global. En una década, el número de personas desplazadas se ha duplicado, impulsado por nuevos conflictos, la agudización de guerras prolongadas y el impacto del cambio climático. Para dimensionar la tragedia: hoy, una (1) de cada 70 personas en el planeta ha sido obligada a dejar su hogar

El "momento de la verdad" es hoy 

El panorama global ha cambiado drásticamente. Conflictos como los de Sudán, Ucrania, Gaza y todo el Asia Occidental(Medio Oriente) han sumado millones de rostros a la lista del desarraigo. Sudán se ha convertido en la mayor crisis de desplazamiento del mundo, con más de 13 millones de personas huyendo de una violencia feroz. 

Del total de personas forzadas a huir, cerca de 42 millones son refugiados y, lo más doloroso, más de la mitad son niños y adolescentes que crecen sin raíces, viendo su futuro hipotecado por la guerra. 

Colombia: El epicentro del desplazamiento interno 

En el contexto de 2026, Colombia continúa en el epicentro de esta crisis. Aunque el panorama global ha variado, nuestro país sigue ocupando uno de los primeros lugares en desplazamiento interno, con cifras que superan los 6.9 millones de personas afectadas históricamente. A pesar de los esfuerzos de paz, las disputas territoriales en regiones como el Catatumbo, el Pacífico y el Nordeste Antioqueño mantienen activo el motor del desplazamiento forzado por cuenta del narcoparamilitarismo. 

El negacionismo y el botín burocrático de las víctimas 

Para completar el panorama, y como respuesta a la movilización nacional de las víctimas, Álvaro Uribe Vélez, el Centro Democrático y Cambio Radical promovieron la desmemoria a través de políticas negacionistas. Durante lo que se ha descrito como más de 20 años de hegemonía uribista y narcoparamilitar, se intentó borrar la realidad del conflicto armado interno, prohibiendo incluso que los funcionarios del Estado lo reconocieran oficialmente. 

En medio de esta pugna por la verdad, se logró que el Congreso de la República aprobara la Ley 1448, la cual creó la Unidad para las Víctimas. Sin embargo, la entidad terminó convertida en un monstruo burocrático, donde las altas direcciones suelen ser ocupadas por exparlamentarios o recomendados políticos del uribismo. Este hecho pone en riesgo la integridad y el proceso de reparación de quienes han padecido la guerra en el país. 

El caso de la burocracia 

Un ejemplo claro de este engranaje es el político bumangués René Rodrigo Garzón Martínez, quien hoy se desempeña como Director Técnico de Gestión Social y Humanitaria de la Unidad para las Víctimas. Garzón Martínez fue representante a la Cámara por Santander, integrando comisiones clave como la Tercera de Asuntos Económicos y la de Acusaciones, tras obtener más de 24.000 votos bajo la bandera de Cambio Radical —partido cuestionado por el historial judicial de varios de sus líderes—.

Pero la trayectoria de Garzón Martínez inició a la sombra del liberal Norberto Morales Ballesteros (QDEP) en el Directorio Liberal Popular de Santander. Asimismo, se le recuerda por su relación con el polémico Centro de Estudios de Santander (CEDES), cuyo edificio en la carrera 27 de Bucaramanga ha sido objeto de cuestionamientos públicos por el presunto uso de recursos irregulares en su construcción. 

En febrero de 2010, la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia condenó a Morales Ballesteros a 6 años y 3 meses de prisión (75 meses). La sentencia se fundamentó en el delito de concierto para delinquir agravado, específicamente por su responsabilidad en la promoción y fomento de grupos paramilitares y sus vínculos con el Bloque Central Bolívar y Ramón Isaza y Henry Pérez en el Magdalena Medio.

Esta configuración burocrática genera una profunda desconfianza en las víctimas, quienes ven en riesgo la imparcialidad de su reparación. El reciclaje de estas figuras en entidades sensibles para la paz no solo es una contradicción ética; es una afrenta a la memoria que el arte y el periodismo independiente están llamados a cuestionar.

Mapa global

En el actual mapa global del desplazamiento, las naciones con mayor número de población afectada son: 

1. Palestina (Gaza). 
2. Sudán: La crisis más aguda con 13.4 millones. 
3. Siria: Cerca de 12 millones entre refugiados y desplazados internos. 
4. Colombia: Líder en desplazamiento interno en el hemisferio occidental). 
5. Ucrania. 
6. Afganistán.

El arte como trinchera contra el simulacro 

Ante este panorama de cifras y realidades desgarradoras, el arte surge no solo como un medio de denuncia, sino como el último refugio de la identidad frente a la “arquitectura de la simulación de la realidad”. Para una persona desplazada, pintar, cantar o escribir representa una forma de recuperar el territorio perdido y de recordarle al mundo que, detrás de cada estadística, palpita una historia, una familia y un nombre que se resiste al olvido. 

En Artistas Zona Oriente, creemos que la creación es el puente necesario frente a la anomia y la herramienta para la construcción simbólica de nuevos imaginarios colectivos y subjetividades. Solo a través de la expresión artística lograremos generar rupturas en el simulacro, convirtiéndola en la fórmula definitiva contra nuestra propia desaparición como sujetos históricos. 

Fotografía: ©ArtistasZona, De la serie Ella tocó a la puerta".

jueves, 11 de abril de 2013

DESDE LOS OJOS DEL ARTISTA, CRÓNICA DE LA MARCHA



9 de Abril, Por La Paz De Colombia
Por. Dioscórides Pérez, Profesor Universidad Nacional de Colombia
La marcha por la paz fue una movilización histórica que puso a palpitar con esperanza el corazón de todos los colombianos. “Marchando el pueblo dio su voto de confianza a los diálogos de paz que adelanta el Gobierno de Juan Manuel Santos con la guerrilla de las FARC y rindió homenaje a la memoria de los millones de víctimas del conflicto armado (*)
Sin identificarme con ninguna consigna política, y con el ánimo y compromiso de ayudar a crear la paz apoyando los diálogos de la Habana, salgo del campus de la Universidad Nacional a las 9:00 a.m. y me pego a la marcha blanca y roja que viene subiendo desde el Centro Administrativo Nacional, CAN, por la Avenida el Dorado.

En el camino me encontré con varios colegas de la academia y también con Blanca Riáscos, a quien conocí en Pekín hace más de 26 años. Caminando juntos entre el apretujado río de gente de todo el país llegamos a la Plaza de Bolívar más allá del medio día.

En la plaza encontramos a Guillermo González, cuyo padre, Sady González había estado con su cámara allí mismo hace 65 años- en tiempos del tranvía- para ser testigo y reportero gráfico de los sucesos más terribles del Bogotazo.

He estado en todas las marchas estudiantiles durante 40 años y jamás vi una manifestación más grande, tranquila y esperanzada que esta. En el ambiente flotaba el espíritu de una última esperanza. Recordé la imagen implorante de las ánimas del purgatorio, se me hizo un nudo en la garganta y por un momento asomó la lágrima.

Estuvimos a tiempo para ver, desde al atrio de la catedral, la apeñuscada multitud de niños, hombres, mujeres, ancianos, portando miles de banderas blancas con la imagen del Bolívar desnudo de Pereira que tomó como insignia la Marcha Patriótica y las que llevaban el perfil en blanco y negro con la imagen de Jorge Eliecer Gaitán, asesinado hace hoy 65 años.

También las añejas banderas rusas con la hoz y el martillo, una con la estrella azul de David, las de todos los movimientos políticos y cívicos, la de los estudiantes rebeldes, de los defensores de los animales, la morada de las lesbianas, la multicolor de los gay, la foto del barbado gurú de los devotos del Tao de las artes marciales, un inmensa foto en colores del comandante Chaves, hasta una bandera blanca de la Virgen del café, que debió aparecer durante el pasado paro cafetero.

Desde allí creí escuchar a mis espaldas las palabras de Jorge Zalamea recitando el sueño de las escalinatas, que entre el vuelo de los cientos de palomas -que hoy no comieron su maíz pira- y las bombas blancas con letreros de PAZ arrojadas a las nubes, se confundían con las palabras exaltadas de Alcalde Gustavo Petro quien recitaba en la tarima una desconocida estrofa del himno nacional, con las de Piedad Córdoba que exaltaba el espíritu de lucha del pueblo por buscar una paz definitiva, y las del escritor William Ospina que compartió su oración por la paz:
“La paz parece una palabra pero en realidad es un mundo. Un mundo de respeto, de generosidad, de oportunidades para todos. Y hay que saber que lo que rompe primero la paz es el egoísmo. El egoísmo que se apodera de la tierra de todos para beneficio de unos cuantos, que se apodera de la ley de todos para hacer la riqueza de unos cuantos, que se apodera del futuro de todos para hacer la felicidad de unos cuantos. De ahí nacen las rebeliones violentas, y de ahí nacen los delitos y los crímenes.”
Desde allí vi llegar los campesinos de otras tierras, los empleados, las amas de casa, los obreros, los estudiantes, los desocupados, las comparsas multicolores, las batucadas de jóvenes, las mujeres de pecho desnudo, los zanqueros, los payazos, un grupo de jóvenes que hacían un performance en homenaje a los desaparecidos y asesinados llevando extendida sobre un anda una bandera nacional y encima ensangrentados calambombos de vaca entre pétalos de rosa, mientras jóvenes de luto portaban fotos de desparecidos.

Cuatro personas levantaban una mesa de madera sobre la cual había dos cubos de cartón blanco con la palabra paz escrita en letras de molde. También estaban los artistas plásticos, los poetas, los escritores, el pibe Valderrama perseguido por sus fanáticos.

Y, entre la multitud, los vendedores de pitos, de sombrillas, de la gafa oscura, de viseras, de los sombreros vueltiaos de cartón, de avena, de jugo de mandarina y naranja, de agua en botella, de churros, de algodón de azúcar, almojábana, de cocadas, buñuelo, de chontaduro, de pera, de durazno chileno, de manzana, de chorizo y chicharrón carnudo.

Aunque muchos almacenes habían cerrado sus puertas y protegido sus vitrinas con mallas metálicas, la marcha trascurrió en perfecta calma. Solo había algunos moderados grafiteros y un grupo que pegaba con engrudo afiches con la cara de Báteman.

Desde las escalinatas, marchando tranquilamente entre la guardia de policías de chaqueta verde fluorescente y los robóticos- que extrañaban la falta de trabajo- pude ver a varios amigos ya barbados y canosos, compañeros de estudio de los años 70 en la Nacional, otrora jóvenes “de todos los pelambres” antiguos militantes del Moir, la Juco, la Jupa, los socialistas, los troskos, algunos guardias rojos, otros con olor a monte.

También a Giangrandy, mi profesor de grabado, uno de teatro, y al nadaísta Jotamario Arbeláez, quien, por un momento, portó una escoba en cuyo palo enarbolaba una cartelera con el poema Manos Unidas del profeta Gonzalo Arango: “una mano/ más una mano / no son dos manos;/Son manos unidas / Une tu mano / a nuestras manos / para que el mundo no este / en pocas manos / sino en todas las manos”.

En un momento escuché detrás el clik de la cámara de mi colega Ricardo Arcos y de Jorge Mora, a quienes les vi reflejados en el ojo y la lente la memoria de las antiguas marchas estudiantiles. Y extrañé con gusto que esta marcha histórica para creer y crear la paz no terminara como aquellas en una estampida, entre explosiones de papas bomba y el irritante gas lacrimógeno.

Dejamos la plaza cuando empezaba la tarde pero todavía seguía llegando gente, y deshicimos el camino por la séptima hasta la calle 26. Por todos lados se veían los hombres y mujeres que vinieron de otras ciudades, sentados en los andenes con sus cajas de icopor devorando el almuerzo. Algunos ya dormían la siesta. No circulaban los buses del Transmilenio por el Museo del Oro ni en las Aguas.

Bogotá era un carnaval, favorecido con un día luminoso y caliente. Por todos lados había gente, humo de comidas callejeras, vendedores de lotería, fresas, chucherías, y mucha música: la filarmónica en la plaza a ritmo de merengue, mucho joropo llanero en el camino, y en el parque Santander rock y metal.

Sentado en el bus que me llevaba de regreso a la Universidad Nacional, pensé en que la energía de las miles de personas que marcharon aquí y en otras ciudades del país, apoyando el proceso de paz es un buen augurio, y debe convertirse en un mandato obligatorio para que los actores de la mesa de negociaciones concreten la firma de un acuerdo. Y la voluntad de hacerlo debería manifestarse de inmediato, atendiendo el llamado urgente del pueblo a un cese bilateral al fuego. ¡No más secuestros, no más bombardeos, no más tatucos, no más balas, no más minas!

Cuando pasé por el cementerio y vi sobre la puerta la imagen de Cronos dormitando y con la guadaña quieta, escuché claramente palabras del poeta Jorge Zalamea en su Sueño de las escalinatas y pensé que esta marcha de banderas blancas debía servir también como un conjuro, “como ahuyenta el huracán a una bandada de pájaros de mal agüero” ¡No más cólera!/¡No más odio!/¡Sólo el amor, el viril amor del hombre por su especie y por su semejanza!

Fotografías: © Dioscórides Pérez, Profesor Titular Escuela de Artes Plásticas, Universidad Nacional de Colombia, Abril 9 de 2013.

(*) Esta crónica fue escrita en caliente. Debe tener varios errores y muchos olvidos, pero no podía dejar pasar este momento histórico sin contar algunos detalles para los que, apoyando la PAZ desde casa, academia u oficina, no pudieron marchar. El ojo reemplazó la cámara que se varó por pilas.